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Los colombianos, ¿los más felices?

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¿Cómo es posible, dicen muchos críticos, que un país con los niveles de pobreza y de violencia de Colombia pueda ser calificado otra vez como el más feliz del mundo? Tienen mucha razón.

Pero también es muy curioso que, durante muchos años, este indicador sitúe a Colombia, sistemáticamente, entre los países más felices. Es un registro que se basa en las respuestas que da la gente sobre su situación de felicidad o infelicidad y, precisamente por eso, es problemático, pues puede reflejar preguntas deficientes o encuestas mal elaboradas. Pero la felicidad de la gente es un tema que hay que tomar en serio. Su exponente contemporáneo más destacado, Richard Layard, del London School of Economics, ha encontrado que, a partir de cierto nivel, incrementos adicionales de los ingresos no aumentan la felicidad de la gente, un resultado que podría indicar que países de ingresos medios, como Colombia, puedan estar entre los más felices. Pero la interpretación de los resultados también debe ser consistente con el concepto de ser humano que subyace en el marco teórico que se utilice. Layard es utilitarista y concibe la racionalidad humana como la maximización consistente del autointerés, y de nada más. Curiosamente, este enfoque también podría explicar estos resultados favorables que ha obtenido Colombia. Porque, según el utilitarismo, en un país con mucha pobreza y desigualdad, pequeños incrementos del ingreso y de los recursos, o pequeñas misericordias y dádivas que se den a los más desfavorecidos aumentarían muchísimo su felicidad, pues verían más que compensadas sus menos exigentes expectativas. Consistente con esta visión, uno podría interpretar la recuperación de la economía y la reducción de la pobreza y de la desigualdad de los últimos años como factores que podrían explicar la felicidad de la gente en Colombia.

Pero, no me gusta esta explicación porque no creo que la racionalidad humana sea solamente la maximización consistente del autointerés. La escuela de la economía del comportamiento ha demostrado las falencias de esta visión, pero, más allá de una racionalidad instrumental, la racionalidad humana se encuentra también en la razón comunicativa, que es la capacidad dada por nuestro lenguaje y que nos permite lograr acuerdos. Con los elevados niveles de violencia que hemos tenido, no creo que en este tipo de racionalidad nos hayamos destacado los colombianos y que, por lo tanto, nos ayude a explicar nuestra supuesta felicidad. Por eso, quizá, una respuesta nos la pueda sugerir otro componente de nuestra humanidad, usualmente no tan visibilizada por la mayoría de las ciencias sociales, pero que sí han tratado de explicar las más interesantes escuelas de la sicología. Ellas dicen que los humanos también tenemos un carácter, una personalidad o una matriz emocional que es, a la vez, fuente y demanda de necesidades sicológicas que deben ser atendidas. La más importante de dichas necesidades es la comunión con otros seres humanos para vencer la soledad y el aislamiento y que se puede expresar en las relaciones familiares, los vecinos, la parroquia, los compinches, la barriada. Eso es lo que algunos han definido como capital social y debemos estudiar si esos son los factores que nos dan la delantera sobre los suecos o los noruegos, que son muy ricos pero, al parecer, mas tristes y solitarios. Más que el dinero, quizá, un amigo o un amor expliquen mejor la conquista de la felicidad.

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