No somos bellacos

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Desde tiempos inmemoriales, en filosofía, en ciencia, en literatura y en la esfera de la lucha política e ideológica han existido aporías, o razonamientos en los que existen contradicciones o dificultades lógicas irresolubles, muchas veces sin que quienes las plantean sean conscientes de ellas. Por ejemplo, Adela Cortina ha planteado la aporía existente entre las concepciones deterministas de la sociedad y la libertad humana. Desde la Antigüedad, dice Cortina, se ha visto que, en cuanto una disciplina se destaca en el conjunto de los saberes, se vuelve imperialista e intenta explicar la totalidad de los movimientos de la naturaleza y la conducta humana desde su clave explicativa. Los estoicos recurrieron a una ley natural, el mundo medieval y sobre todo el de la Reforma y la Contrarreforma plantearon la aporía en términos teológicos, preguntando si es Dios quien determina la salvación y la condenación o cabe un margen para la voluntad libre. Luego vinieron los determinismos económico, psicoanalítico, jurídico y, en los “penúltimos” tiempos, el genético y el neurocientífico. Uno de los últimos es Yuval Noah Harari, un gurú que ha decretado una vez más la ausencia de la libertad, al argumentar que algoritmos poderosos, manejados por gobiernos o empresas, pueden conocernos mejor que nosotros mismos e intentar manipular nuestras decisiones de forma personalizada.

En alguna forma, argumenta Cortina, estos científicos o gurús plantean que la libertad es una ficción, un mito, una superstición, pero a renglón seguido caen en una contradicción monumental cuando salen a decirnos cómo construir una sociedad mejor y cómo se debe vivir, olvidando que acaban de argumentar que no está en nuestras manos actuar de una forma u otra.

Entre nosotros existen, por supuesto, personajes con concepciones deterministas, incluyendo los que argumentan que la nuestra es la historia de un fracaso tras otro y, a renglón seguido, salen a plantear cómo resolver nuestros problemas. Pero quien me sorprendió de verdad fue Humberto de la Calle en su última columna, donde argumenta que el colombiano promedio es una persona que “capa impuestos, se cuela en Transmilenio, se salta la cola, falsifica diplomas, paga coimas, corrompe al policía, contesta a lista y luego se vuela, consigue incapacidades fraudulentas, copia en los exámenes y se pasa el semáforo en rojo”. Y agrega que “desde la Colonia ha practicado el ‘se obedece, pero no se cumple’, y es un ‘avivato por dentro y ciudadano por fuera’”. Si este es el colombiano promedio, uno se pregunta cómo serán los que están en la cola de la distribución, los malos de verdad. Es una sorpresa que esto lo afirme una persona que en su larga carrera política y de estadista ha planteado genuina y sinceramente cómo construir un mejor país, porque con esta caracterización surge la pregunta: ¿será posible construir una sociedad democrática, justa y próspera, como la que ha planteado De la Calle toda su vida, cuando la gran mayoría de sus miembros somos una partida de bellacos? Si esta premisa de Humberto fuese cierta, estaríamos frente a un contradicción lógica irresoluble, frente a una aporía. Simplemente, yo creo que Humberto se equivocó en esta columna y que sí es posible construir un mejor país y resolver nuestros problemas, entre otras razones, porque la gran mayoría de los colombianos son gente honrada y trabajadora, que cruza solo con el semáforo en verde, paga Transmilenio y se gana legítimamente su diploma.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido