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Querámoslo o no, la situación de Venezuela seguirá gravitando sobre el proceso electoral y sobre las políticas del actual y del próximo gobierno. Sobre la política electoral, bastaría con señalar que Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, los dos mandamases de la dictadura, salieron a burlarse de las elecciones al Congreso colombiano del 11 de marzo. Es cierto que la falta de tarjetones en varios centros de votación, y el que muchos electores tuviesen que llevar ellos mismos una fotocopia, fue un lamentable hecho que elevó la temperatura y alebrestó los ánimos, pero también fue un papayazo que no desaprovecharon este par de tiranos. Casi de inmediato salieron a gritar que el sistema electoral colombiano “da vergüenza” y que “el grito generalizado en Colombia fue fraude”. Es cierto que esta falla de la Registraduría fue lamentable, pero de ninguna manera desvirtuó los resultados y, pasado el debate electoral, ningún partido o movimiento político en Colombia ha salido a decir que hubo fraude.
Si tienen el descaro de burlarse de las instituciones y de los grupos políticos colombianos que no son afectos al modelo que implantó Hugo Chávez, sabemos bien lo que hacen bajo cuerda. Porque la situación de ese país es tan crítica que no esconden su desespero por “colombianizarla”. Hace un año, trataron de construir un puesto militar en territorio colombiano y para nadie es un secreto que cada semana hay por lo menos un incidente de provocación en alguna parte de la frontera por parte del ejército de Venezuela. Soldados entran y vuelven a salir, detienen colombianos, matan o se roban reses. Así como lo hicieron con las Farc, para nadie es tampoco un secreto que varios jefes del Eln viven en Venezuela y desde allá planean y dirigen ataques a nuestra fuerza pública y a nuestra infraestructura, y allá se refugian después de cometer estos crímenes.
El próximo gobierno deberá continuar manejando esta compleja situación, que se extenderá mientras continúe la tiranía en el vecino país. Al comienzo, este régimen pretendió ser una democracia liberal, pero al ir socavando la separación de poderes, los pesos y contrapesos, su liberalismo se fue apagando hasta que desapareció. Hoy en día, los poderes judicial, legislativo y electoral están en manos de la casta que manda. Durante un tiempo, su legitimidad residió en unas elecciones que mantuvieron cierto nivel de competencia, hasta que la impopularidad obligó al régimen a acudir primero al fraude y luego a declarar la ilegalidad de los partidos de la oposición, a la detención de dirigentes, al control de los medios de comunicación, al cierre del Congreso y a la elección fraudulenta de una asamblea constituyente.
Hoy en día, el régimen chavista no es ni democracia ni liberal. Es una dictadura incapaz de proveer alimento, salud y protección al pueblo. Con una inflación superior al 6.000 %, ha optado por la expulsión masiva de la gente. Cada venezolano que cruza la frontera es una boca menos para alimentar, una voz que deja de criticar, una celda menos que llenar. Ante su aislamiento internacional, que llegó al extremo de no poder asistir a la Cumbre de las Américas a realizarse en Lima, Maduro y Cabello tienen puestos sus ojos en nuestras elecciones. Sueñan con ver en la Presidencia de Colombia no a un nuevo, sino a un viejo mejor amigo.