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¿Otra vez tú, Argentina?

Santiago Montenegro
14 de septiembre de 2008 – 06:10 p. m.

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DOTADA DE RIQUÍSIMOS RECURSOS naturales, con una población numerosa y educada, con intelectuales y artistas de primer nivel y con una de las ciudades más hermosas y acogedoras del mundo, Argentina lo ha tenido todo para ser parte del llamado primer mundo.

Por alguna razón indescifrable no ha podido consolidar un régimen de democracia liberal ni ha podido mantener una senda de crecimiento alto y estable. Tanto en la política como en la economía, la historia de este país es de euforias seguidas de profundas depresiones.

Después del colapso económico del comienzo de la década, el último ciclo comenzó hacia 2002 con un crecimiento que ha promediado más de un 8%, el más alto del mundo después de China, según The Economist. El crecimiento se explica por el desempleo y el exceso de capacidad inicial, por la dramática subida de los precios mundiales de los productos básicos, que incrementó también los impuestos y el gasto del gobierno. Ha sido un crecimiento acompañado de superávits en la cuenta corriente de la balanza de pagos y en las cuentas fiscales, porque, además de los altos precios agrícolas, se dejó de servir una deuda externa de 80 billones de dólares.

Dichos superávits se explican también por la masiva devaluación de la moneda que sobrevino a la crisis. La expansión del PIB fue estimulada desde el gobierno por aumentos de los salarios, por el control de precios y por subsidios a la energía y al transporte. La euforia dio, no sólo para que Néstor Kirchner dejara a su mujer en la Casa Rosada como nueva presidenta, sino para exacerbar el nacionalismo económico, estatizando empresas que habían pasado a manos del sector privado y despreciando a los acreedores públicos y privados del exterior y, por supuesto, al Fondo Monetario Internacional.

Los primeros síntomas de la insostenibilidad del modelo se comenzaron a sentir con los severos racionamientos de energía, pues, como consecuencia del control de precios, colapsó la inversión en ese sector. También con la subida de la inflación, que está en más de un 25%, a pesar de que las cifras oficiales la estiman en tan sólo un 9%, después de un vergonzoso cambio metodológico. Entre tanto, los precios de los productos de exportación han caído drásticamente, la pobreza ha subido, hay fuga de capitales, el crecimiento del PIB se redujo a la mitad a un 4,5%, el premium de la deuda externa subió a más de 600 puntos básicos y Standard & Poors redujo su calificación de la deuda.

La situación sería mucho más grave sin los US$ 7 billones que Hugo Chávez le ha prestado a la Argentina en los últimos años y si el Senado hubiese aprobado la subida a los impuestos a las exportaciones agrícolas. El deterioro de las cuentas fiscales se ha maquillado en parte con la contabilización como ingresos del gobierno de las cotizaciones del régimen pensional de prima media.

La situación económica es grave, pero no terminal. Se podría fácilmente revertir si el gobierno se traga, al menos en parte, su orgullo de los años anteriores. De hecho, ya lo ha comenzado a hacer con los acreedores oficiales organizados alrededor del Club de París. Pero, para atraer inversión extranjera a los sectores energéticos y de infraestructura necesita, además de liberar precios, alcanzar un arreglo con los acreedores privados y controlar el gasto público. Y lo más importante de todo: decirle la verdad a la gente y dejar de meterles la mano a las cifras de inflación y a las cuentas fiscales.

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