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Panorama preocupante

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Hace algunas semanas, un alto funcionario del Ministerio de Hacienda, al ser preguntado sobre el déficit en cuenta corriente que proyectaba el DNP (un 4.8% del PIB, para 2015 ), afirmó que esa cifra era aún inferior a un 5%, umbral que sí comenzaría a ser crítico.

Por esta razón, encuentro con mucha preocupación la proyección que aparece en la última edición de la revista The Economist, que estima para Colombia en 2015 un déficit en cuenta corriente de un 6.4% del PIB, la cifra más alta entre las 42 economías que aparecen en la muestra, seguida por la de Sudáfrica, con un 5.4% del PIB.  En sí mismo, este déficit no es ni bueno ni malo.  Todo depende de las causas que lo han provocado.  Entre las varias formas de conceptualizarlo, dicho déficit refleja el exceso de la inversión sobre el ahorro doméstico y, por lo tanto, capta también el ahorro externo que es necesario movilizar para financiar los proyectos de inversión.  Así, un déficit elevado puede estar reflejando la confianza que los inversionistas externos tienen en el presente y el futuro de una economía y, en forma concomitante, un superávit externo podría estar mostrando la poca confianza que los ahorradores del país ven en determinado momento en las perspectivas de la economía y prefieren invertir en el exterior.  En términos generales, las alarmas deben sonar cuando el monto del déficit externo cambia abruptamente de un momento a otro, como parece ser el caso de Colombia.  Surge, así, la pregunta de qué tan sostenible en el tiempo puede ser un déficit tan elevado, como el que proyecta The Economist para este año.  Y la respuesta que surge es que es difícil que un monto tan alto se pueda mantener mucho tiempo porque, más temprano que tarde, comenzarán a subir las tasas de interés en los Estados Unidos y porque también han comenzado a mejorar las cifras de crecimiento en Europa.  Con mayores retornos y prospectos para la inversión en esos países, será más difícil mantener o atraer los capitales en una economía, como la de Colombia.  Por otro lado, en el frente interno, se han generado inquietudes para los inversionistas nacionales y extranjeros por los efectos de la última reforma tributaria, que subió el impuesto a las utilidades de las empresas a niveles de un 42-45%.  Preocupan también la crisis de la justicia y los enfrentamientos entre las cortes y los poderes Legislativo y el Ejecutivo.  Y no menos inquietantes son las fisuras que se han visto al interior del mismo Gobierno por temas como el glifosato, la financiación de la infraestructura y el fallo del Consejo de Estado sobre la venta de Isagén, que ha sido muy mal recibido por los inversionistas internacionales.  Ante las perspectivas de subidas en las tasas de interés del exterior, las autoridades económicas deben velar para que la corrección del déficit en cuenta corriente sea gradual y sostenido, ayudando, entre otras medidas, con una reducción del gasto público.  De otra forma, un ajuste abrupto del déficit en cuenta corriente implicaría una caída en la inversión y consumo privado doméstico, una desaceleración del crecimiento por debajo del 3% y un dólar por las nubes.  Pero, ante todo, necesitamos que todos los actores públicos y privados actúen con mucha prudencia, responsabilidad y pensando sólo en los grandes intereses del país. 

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