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Es una verdadera lástima que los ciudadanos italianos no hayan sido capaces de sacar del poder en unas elecciones a Silvio Berlusconi.
El primer ministro se va, pero por cuenta de una alianza en su contra de los mercados financieros y los líderes de la Unión Europea. Sin embargo, es una excelente noticia que se vaya, porque este hombre representa lo peor de la política, no sólo de Italia, sino de Europa y, quizá, del mundo entero.
Todo en su vida ha sido oscuro. Desde que comenzó su carrera de negocios como constructor, con capitales que nadie sabe de dónde sacó, hasta levantar un imperio que incluye la televisión, la industria editorial, varios periódicos, el cine, la banca, los seguros y hasta el club de fútbol AC Milán, uno de los mejores de Europa. Según la revista Forbes, su fortuna ascendía en 2010 a más de 9 billones de dólares. Ese imperio y esa fortuna fueron producto de uno de las maridajes más estrechos y más descarados jamás vistos entre la política y los intereses económicos. Así, en su dilatada carrera de negocios y de la política, este hombre ha sido acusado de relaciones con la mafia, de fraude fiscal, de manipulaciones contables, de corrupción y sobornos a jueces, policías y políticos. Pero se ha defendido con tres canales nacionales de televisión, con los que ha intimidado a sus contradictores y opositores, y con sus mayorías en el Parlamento que le aprobaron leyes, que favorecieron a sus empresas y a una legislación conducente al vencimiento de términos de muchos de los procesos judiciales en contra suya o en contra de sus asociados. Fue un verdadero escándalo el contubernio que él y otros empresarios mantuvieron con el líder socialista y ex primer ministro Bettino Craxi, quien fue condenado en 1994, en el llamado proceso de Manos Limpias, que llevó a la cárcel a muchos mafiosos y a sus aliados. Desde febrero pasado está acusado por una jueza de Milán por concusión e incitación a la explotación sexual de menores, en un caso que llevó a los fiscales Pietro Forno y Antonio Sangermano a definir la residencia de Berlusconi como un verdadero prostíbulo. Fue tan descarado y grotesco su comportamiento con las menores de edad que su propia esposa lo acusó y le pidió el divorcio. Como si todo lo anterior fuera poco, ha mezclado intereses económicos privados con sus relaciones con el expresidente de Rusia, Vladimir Putin, y con Gadafi, de Libia. Y, en su lenguaje vulgar y destemplado, jamás se cansó de hacer comentarios antisemitas o contra los negros, y a las mujeres las trató como retrasadas mentales y simples objetos de placer.
¿Cómo llegaron los italianos a mantener como primer ministro a este elemento durante tanto tiempo? Debe haber una explicación, pero yo no la tengo. Pero de lo que sí estoy seguro es que la tierra que dio a Garibaldi, a Gramsci, a Giuseppe Verdi, a Benedetto Croce, a Norberto Bobbio, para sólo mencionar a algunos de sus artistas y filósofos, no se merecía a semejante personaje. Porque el daño y el perjuicio que le hizo a Italia es inconmensurable. Quizá ahora rinda cuenta ante la justicia. Y, si los jueces lo encuentren culpable de sus muchos crímenes, que pague muchos años en la cárcel. Y que recordemos todos, una vez más, el principio liberal que afirma que el poder siempre debe estar limitado, tanto en el espacio como en el tiempo.