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¿Qué nos hace falta?

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Se la ha repetido muchas veces y en distintas formas, pero fue Alejo Carpentier, en Los pasos perdidos, quien quizá planteó con más contundencia la idea según la cual en nuestros países conviven simultáneamente varias sociedades en diferentes tiempos históricos.

Mientras en los barrios más exclusivos de las ciudades las condiciones de vida son prácticamente similares a las que tienen las familias de Manhattan, Chelsea o Vía Véneto, en nuestros barrios marginales muchas familias carecen de servicios públicos domiciliarios, los niños atienden escuelas públicas de baja calidad y enfrentan condiciones de creciente inseguridad física. Y a medida que nos alejamos de las capitales y nos aproximamos a la Amazonia o a las selvas del Pacífico, como en el siglo XIX, prevalece el aislamiento, los servicios públicos son inexistentes, la miseria crece e impera la ley del más fuerte.

¿Cuál es la solución para cerrar esas brechas entre esas sociedades que tenemos dentro de nuestro mismo país? Para los marxistas, el problema es estructural y la solución implica eliminar la economía de mercado y concentrar la dirección de la economía en el Estado, que deviene en una dictadura en manos de los “representantes” del pueblo. En el extremo opuesto se plantea que el problema es la injerencia del Estado en la economía y que su papel debería restringirse exclusivamente al orden y a la seguridad. Para la socialdemocracia, la solución radica en un balance entre un Estado que, además de orden y seguridad, también provee bienestar universal dentro del marco de una economía de mercado. Como una cuarta alternativa, en América Latina se ha dado la vía del populismo, que implica la fe del pueblo en un jefe redentor, quien, manteniendo la economía de mercado, redistribuye ingreso a los más necesitados, pero acosando a los ricos por su egoísmo, al imperialismo norteamericano por su injerencia y a las castas sociales locales por el resto de los males.

El libertarianismo extremo no se ha dado en América Latina, quizá salvo en el régimen de Pinochet, pero no fue viable por ser una dictadura. El marxismo fracasó estrepitosamente en Cuba y en Venezuela, país en el que se mezcló con el populismo, que también, en sus distintas variantes, ha sido un estruendoso fracaso. Si todo esto es cierto, parecería que lo único que queda es la socialdemocracia, pero cabe preguntarse: ¿ha sido exitosa la socialdemocracia en América Latina? Infortunadamente, la respuesta es también negativa, y entonces parecería que ningún modelo económico y político ha funcionado entre nosotros.

La clave, quizá, radica en la precariedad del Estado. No hemos entendido que el Estado debe tener el monopolio de la fuerza legítima, de la justicia y de la tributación, no solo en las grandes ciudades, sino en todo el territorio. Hemos dejado que en muchas partes del campo prevalezcan grupos armados ilegales, que la justicia se haya privatizado y que la extorsión se consolide como fórmula privada de tributación. Si no hay Estado que provea seguridad física y legal, entonces tampoco podrá haber economía de mercado que genere empleo e ingresos para las familias, recursos para el mismo Estado y, por lo tanto, bienestar universal.

En la fórmula que busca un balance entre la economía de mercado y el Estado, la parte que le corresponde al Estado ha sido la más débil. Allí radican también muchas de las debilidades de nuestra democracia.

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