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Contratio a los que creen que la hicieron César Gaviria y Rudolf Hommes, la apertura de la economía la comenzaron a hacer, muchos años antes, los llamados Tigres Asiáticos y posteriormente China con la mayor revolución económica que ha experimentado el mundo en su historia.
Gracias a los bajísimos salarios, producto de un ejército industrial de reserva laboral gigantesco, esos países comenzaron a inundar al mundo de bienes manufacturados y de todo tipo de mercancías a precios bajísimos, penetrando aún en mercados altamente protegidos con aranceles y restricciones cuantitativas a las importaciones. Gracias a estos bajísimos precios, centenares de millones de personas en todo el mundo han visto incrementado sus ingresos reales y su nivel de vida. Pero, a la globalización comercial y económica se han sumado también otras globalizaciones, como la de las normas que regulan las condiciones del trabajo, el medio ambiente o los derechos humanos, con reglas y estatutos que vienen de las Naciones Unidas, de la OIT o de la Comisión Interamericana, las cuales le han mermado a la ley —y al Congreso— la primacía que tenía como fuente primordial del derecho.
Por supuesto, en economías cerradas y de mercados diminutos, como las nuestras, los monopolios y oligopolios comenzaron a resquebrajarse con la competencia asiática, pero también se vieron afectados por una tasa de cambio del mercado negro que mantuvo un nivel reducido, por debajo de la oficial, como efecto de la gran oferta de dólares debida a las bonanzas, primero de la marihuana y luego la de la coca. La contraparte de estas exportaciones ilegales fue un enorme contrabando que se vendía a los ojos de todo el mundo y en todas las ciudades, en tiendas y negocios que ofrecían todo tipo de mercancías, licores y electrodomésticos, despachaban a las casas y hasta ofrecían servicio de mantenimiento. Por eso, los contrabandistas —y el influyente grupo de políticos que los apoyaba— se opusieron tenazmente a la apertura, pues les amenazaba un negocio muy lucrativo, que no tenía que pagar aranceles y, además, ayudaba a lavar las drogas ilícitas. A los narcos les convenía venderles a los contrabandistas los dólares de la marihuana y de la coca a bajo precio para poder comprar viviendas lujosas, obras de arte y campañas políticas. Los contrabandistas de cigarrillos jugaron un papel similar.
Culpar a la apertura y a los tratados comerciales es entonces no entender los cambios que han sucedido en el mundo y es también desconocer el papel que sigue jugando el narcotráfico. Las desgravaciones arancelarias de los TLC son a largo plazo —hasta 18 años— y los bajos precios de la papa y de la cebolla nada tienen que ver con estos tratados. Las importaciones de leche en polvo tampoco, pues provienen especialmente de Argentina. Romper los tratados comerciales y cerrar la economía sería, entonces, uno de los actos más absurdos desde el punto de la economía y un verdadero suicidio político, pues enfurecería a las clases populares y medias que se verían afectadas por los mayores precios y un menor nivel de vida. Lo que requiere el campo son vías de comunicación, buenas escuelas, asistencia técnica e insumos baratos. Y seguir combatiendo el narcotráfico, que es el principal financiador de los grupos terroristas y un aliado permanente del contrabando. Pero, por sobre todas las cosas, lo que más necesita el campo es la paz.