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Algunos de los más grandes científicos, psicólogos y filósofos del mundo nos están planteando una cosmovisión quizá más regresiva que la descrita en la Divina Comedia.
Como Dante, nos están esbozando un universo con un orden definido y definitivo contra el cual nada podemos hacer. Pero, más escandaloso aún, nos están diciendo que no hay quien haga nada, porque los seres humanos —sujetos dotados de voluntad, libre albedrío y principios éticos— simplemente no existimos.
Dante planteó un universo en el que cada cosa y cada ser vivo tenía un lugar, un papel y un destino implacable e inamovible dentro de un estricto orden jerárquico.
En la cúspide estaba el gran ordenador de todo, Dios, más abajo los santos y los ángeles, luego los reyes, con sus cortes, los nobles, los comerciantes, más abajo las mujeres, y en las capas más inferiores los esclavos, y más abajo aún, los animales y las plantas y las cosas inanimadas, como el agua y las piedras.
En los cinco siglos siguientes se dio la más grande transformación en la concepción del mundo y, sobre todo, del ser humano. De un ser determinado por un orden externo implacable pasamos a otro en el que se convirtió en el centro y dueño de sus actos y creador de las leyes y normas que rigen su conducta.
Fue la apoteosis del individuo y de su autonomía, contra la cual el sabio de Königsberg opuso el concepto de heteronomia, para designar a quien es controlado, no por su voluntad, sino por fuerzas y razones externas.
Dos siglos más tarde, muchos neurocientíficos, biólogos evolutivos, psicólogos, físicos y filósofos, así como sus popularizadores, como Daniel Dennett, Richard Dawkins o Steven Pinker, están argumentando que la mente, y todo lo que ella permite, no es más que células, elementos químicos y átomos, ordenados en complejas formas que, algún día, serán explicadas en forma definitiva por las ciencias naturales y, en particular, por la física.
Según ellos, la dicotomía entre sujeto y objeto no existe. Todas las cosas y todos los humanos con sus mentes somos sólo objetos. La materia viva es, fundamentalmente, semejante a la materia muerta. Por lo tanto, nadie tiene voluntad, autonomía o libertad y no existen sujetos que la puedan tener y disfrutar.
Argumentan que todo lo que hacemos es un sueño o una ilusión.
Las consecuencias de esta cosmovisión son aterradoras. Si la voluntad, la autonomía y la libertad no existen, por ejemplo, tampoco hay responsabilidades y culpas, ni mérito, ni justicia, ni derecho.
Ni la madre Teresa de Calcuta es santa, ni Timochenko ni Pablo Escobar son culpables de crimen alguno. No hay santos ni pecadores.
En el mundo de Dante todo estaba reglado por Dios, pero había algunos espacios de autonomía individual, como los de Abelardo y Eloísa, quienes, por amarse, le desobedecieron, eso sí, a costa de un terrible castigo.
Pero, quizá, al plantear estas supuestas ilusiones, sin proponérselo, están planteando la gran debilidad de sus argumentos. Porque, si todo es objeto o materia, es muy lícito preguntar, entonces, ¿quién sueña y quién se ilusiona? Pero, quizá, la mayor prueba de la existencia de los humanos como sujetos son estos mismos pensadores. Porque pocos, además de su inteligencia, han tenido los egos y la arrogancia como estos filósofos que postulan, no ya la muerte de Dios, sino de la misma existencia humana.