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Con razón se ha dicho que, con la muerte de Otto Morales Benítez, desapareció uno de los últimos liberales, un miembro de una corriente de colombianos que, durante más de un siglo, abogó por la separación del la Iglesia y el Estado, luchó por un país civilista, por la libre expresión de las ideas, por la pequeña propiedad rural, por la expansión de la educación y por los derechos sociales para los trabajadores.
Morales hizo parte de una generación de políticos genuinamente reformistas, que basaban sus actuaciones en principios y en ideas y que, cuando tuvieron responsabilidades de gobierno, se la jugaron por implementar sus ideas y convicciones, como el esfuerzo que hicieron para que el Congreso aprobara la Ley 135 de 1961, la llamada reforma social agraria, durante el segundo gobierno de Alberto Lleras. Ministro de Trabajo y de Agricultura de esa administración, Otto Morales jugó un papel muy importante en uno de los debates, sin duda, más fascinantes que haya vivido el Congreso, como ilustra una tesis reciente del Departamento de Historia, de la Universidad de los Andes (La política de desarrollo, las tierras y la vida del campesino en el diseño de la Reforma social Agraria, noviembre de 2014, L. Montenegro Helfer). Este es un recuento histórico que, sin proponérselo, contrasta con la pobreza del debate político actual, pues en esas discusiones de comienzos de los 60 es menester resaltar la altura, no solo de sus promotores en el gobierno de Lleras, sino también el de muchos de los opositores conservadores y de la izquierda, entonces representada por el MRL y otros grupos, como el que encabezaba Gerardo Molina. Muy cercano a los dos Lleras, Morales hizo parte de esa generación del compromiso entre los dos partidos, que puso fin a la violencia de los años 50 y a la dictadura de Rojas Pinilla, compromiso que se plasmó en el Frente Nacional. Junto a quienes lo hicieron posible, Morales recibió primero el reconocimiento por la paz, el retorno a la civilidad y las reformas —que fueron muchas— pero, muy pronto, también el rechazo y el escarnio de las nuevas generaciones, para quienes la libre expresión, la civilidad, el Estado secular eran solo expresiones de la falsa democracia del Estado burgués. Para muchos jóvenes de entonces, la genuina democracia estaba en las propuestas de Fidel Castro y del Che Guevara, en Cuba, y en las de Camilo Torres, las Farc y el Eln, entre nosotros. Cuando mi oficina quedaba al lado de la suya, cerca al edificio Colpatria, en charlas cortadas por sus carcajadas descomunales, tuve el privilegio de discutir todos estos temas con él, almorzando en el Hotel Tequendama, a donde llegaba siempre puntual, vestido de negro, con chaleco y con un sombrero enorme. Entraba hablando durísimo, como una vez que, al ver el buffet de la mesa central, comenzó a gritar “doctor Montenegro, hay unas yucas ricas, muy ricas,” para estupefacción de los comensales que nos miraban aterrados. Por todas estas razones, me ha entristecido la muerte de Otto Morales. A Adela Morales y a todos sus familiares y amigos, les mando un fuerte abrazo de condolencia. Pero, más que de condolencia, es un abrazo de celebración de la vida de un gran ser humano, que luchó por una mejor Colombia y alegró la existencia de quienes lo amaron y conocieron.