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Sobre ‘El capital’, de Piketty (2)

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Este libro es uno de los más vendidos y más citados y, muy seguramente, también uno de los menos leídos. Precisamente por esa razón, algunos de sus argumentos sorprenderán a muchos lectores.

Su argumento central es que la riqueza privada es un múltiplo demasiado alto del ingreso nacional y que esa tendencia va a continuar en las décadas futuras. Dicho fenómeno se explica porque la tasa de crecimiento del capital es —y será— superior a la tasa de crecimiento del ingreso y, como consecuencia, de los salarios.

De acuerdo con el economista francés, sólo con la devastación de las guerras mundiales, la depresión de los años 30 y el crecimiento muy elevado del ingreso durante los años 50 y 60, la razón entre riqueza e ingreso cayó a mediados del siglo XX, pero, a partir de entonces, volvió a crecer y ha alcanzado los altísimos niveles de la Belle Époque.

Aunque el autor recomienda, entre otras medidas, un impuesto mundial al capital para atenuar esta relación entre la riqueza e ingreso, ve con muy buenos ojos el crecimiento económico. Según Piketty, el crecimiento económico y la innovación, además de generar empleo y mejorar el nivel de vida, incentivan la movilidad social y renuevan las élites. Y argumenta que la principal fuente del crecimiento económico es la difusión de los conocimientos y que la única forma de cerrar la brecha con los países ricos es que los países en desarrollo logren su mismo nivel de tecnología, de educación y de habilidades. Y, para sorpresa de muchos seguidores del economista francés, enfatiza que dicha difusión e igualación es posible por la apertura internacional y comercial.

Y, como para no dejar ninguna duda, afirma que la autarquía no facilita la transferencia de tecnología y que “jamás ha sido fuente de prosperidad”.

Los capítulos iniciales de El capital también traen otras lecciones muy relevantes para el debate actual en Colombia. En unos gráficos contundentes para el Reino Unido, Francia y Estados Unidos, Piketty muestra las transformaciones tan grandes que ha tenido la composición del capital a lo largo del tiempo. En particular, ilustra la caída contundente que ha tenido el valor de la tierra rural, que pasó de representar más del 50% de la riqueza a comienzos del siglo XIX, a niveles de un 2% en la actualidad. No tenemos cifras comparables para Colombia, pero es evidente que, hasta hace medio siglo, la tierra era aún el principal depósito de valor y, como en el Reino Unido o Francia en el siglo XIX, la lucha por la tierra y su renta fue también una fuente de conflictos y enfrentamientos.

Pero, como en esos países, la sociedad y la economía se diversificaron radicalmente, la riqueza creció en la forma de capital industrial y financiero y de bienes inmobiliarios urbanos a costa del valor de la tierra rural, al tiempo que la migración del campo y el crecimiento de la población concentró a la inmensa mayoría de las personas en los centros urbanos. Por eso se equivocan quienes, hablando del llamado posconflicto, sueñan con regresar a un país eminentemente rural que ya no existe. Sueñan con mejorar el pasado.

Nuestro gran desafío no es arreglar el pasado. Nuestro verdadero desafío es arreglar el presente y construir un mejor futuro para nuestros hijos y para todos los que vendrán después.

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