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El próximo alcalde de Bogotá será uno de los más suertudos en la historia de la capital. Si aplica un mínimo principio de racionalidad, y no decide paralizarlas, se la pasará inaugurando obras que habrá en ejecución y tendrá la tarea de mantener los magníficos logros sociales de la actual administración.

Después de soñar por más de un siglo, Bogotá tendrá por fin un metro y la troncal de la carrera Séptima reducirá el transporte de muchas personas de dos horas a solo 50 minutos; se extenderá la Troncal Caracas hasta Usme y se construirán las troncales Ciudad de Cali, Avenida 68 y Centenario Calle 13. Se debe dejar contratada la Alo Sur y las avenidas Alsacia-Tunal y El Rincón, además del acceso a la ciudad por el norte, que aumentará a cinco carriles por sentido para tráfico mixto y extenderá el Transmilenio hasta la calle 245, así como la ampliación de la carrera Séptima, y todas las obras previstas para el río Bogotá, entre otras obras de infraestructura de transporte. Todas estas obras representan inversiones por casi $50 billones y estarán financiadas.

Pero lo que la opinión conoce menos es la gran labor de Enrique Peñalosa y su equipo en los sectores sociales. Por ejemplo, la recuperación y conservación de todos los espacios que conforman el Complejo Hospitalario San Juan de Dios, cerrado durante 17 años, uno de los símbolos de la historia médica de Colombia; los siete Centros Felicidad, de los que ya están en construcción Tunal, Fontanar del Río y San Cristóbal, para promover la cultura, recreación y deporte para cientos de miles de ciudadanos, o la recuperación, dotación y mantenimiento de centenares de parques a lo largo y ancho de toda la ciudad.

Pero, quizás, el resultado más importante de esta administración ha sido la reducción del índice de pobreza multidimensional, que cayó de un 5,9 % en 2016 a un 4,9 % en 2018, el más bajo en la historia de la ciudad, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida, del DANE. Este indicador, que mide esfuerzos en trabajo, salud, educación, condiciones de la niñez y la juventud y vivienda, fue el producto de una inversión de $7,3 billones en 2018, pero, sobre todo, de una focalización de esos recursos en las personas que más los necesitaban. Entre los resultados más importantes se encuentran los 87.000 niños que salieron del mercado laboral, más de 29.000 viviendas de interés social en construcción y la legalización de 61 barrios. Mientras en Bogotá salieron de la pobreza multidimensional 114.000 personas, en la costa Atlántica entraron en ella más de 800.000.

¿Todo es perfecto en Bogotá? Por supuesto que no, varios indicadores de seguridad se han deteriorado, como hurto a personas y a residencias, aunque la tasa de homicidios ha seguido declinando. Pero, más allá de sus ejecutorias, estas cifras sugieren que Colombia necesita más dirigentes como Enrique Peñalosa, que no les dé miedo ser impopulares, que no se arrodillen al inmediatismo de las redes sociales y de las encuestas y actúen más en función, no de las próximas elecciones o de las próximas condecoraciones, sino de las próximas generaciones. Dirigentes que actúen más por deber y recuerden a Immanuel Kant cuando afirmó que “lo que cuenta no son las acciones que se ven, sino los principios internos de la acciones que no se ven”.

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