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Una buena alianza

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Hace bien el gobierno del presidente Santos en participar muy activamente en la Alianza del Pacífico, que se acaba de reunir en Cali. Por varias razones.

Primero, el punto más obvio, los cuatro países fundadores (Colombia, México, Perú y Chile) tienen amplias costas sobre el océano Pacífico, que ya desplazó al Atlántico como vía para el gran comercio internacional de bienes. Segundo, los cuatro países son democracias liberales, con separación de poderes y el poder también está limitado en el tiempo: en México no hay reelección, en Perú y Chile no hay reelección inmediata y en Colombia hay reelección inmediata, pero por una sola vez. Así, hay una clara diferencia con el modelo autocrático que se está imponiendo en otros países de América Latina y que se está convirtiendo en el nuevo autoritarismo que ha reemplazado a los regímenes militares del siglo XX. Tercero, estos cuatro países tienen sólidas economías de mercado, respetan las reglas de juego para la inversión privada y los gobiernos intervienen vía la regulación y la supervisión, aunque la calidad de estos instrumentos no es uniforme en todos los países. Esto no obsta para que existan fuertes empresas estatales que, en muchos casos, han alcanzado excelentes niveles de gobernabilidad corporativa y cotizan en el mercado de valores. Y cuarto, estos cuatro son los únicos países de la región que han decidido que una de sus principales fuentes de ahorro, los regímenes de pensiones, no se utilicen para financiar el gasto corriente de los gobiernos —y el clientelismo—, sino que se constituyan reservas, que se invierten en los sectores productivos.

La Alianza del Pacífico no debería centrarse exclusivamente en la promoción de temas usuales, como el comercio, el turismo o la eliminación de las visas. Los cuatro países deberían definir cuál está haciendo lo mejor en áreas estratégicas y, los otros, tratar de aprender de estas experiencias para implementarlas en casa. Por ejemplo, Colombia, México y Perú deberían emular la excelente infraestructura de transporte, los bajísimos niveles de violencia y los marcos regulatorios y de supervisión que tiene Chile. De Perú hay que aprender del proceso de titularización de tierras rurales y de predios urbanos y el milagro de la revolución agrícola de la zona costera y de los avances de la agricultura en la sierra. De México hay que aprender de su industria de alta tecnología y del proceso de formación de ingenieros, que gradúa el mayor número por año en el mundo. De Colombia, los otros países podrían aprender de los sistemas urbanos de transporte masivo y de los gobiernos corporativos de un grupo de empresas estatales, como Isa, Isagen, Ecopetrol y EPM.

Pero, como acertadamente ha señalado Arlene Tickner, si Colombia quiere hacer parte de este grupo o del APEC, tiene que llegar al Pacífico sin saltarse su propia costa. En toda la costa hay sólo dos puertos, Buenaventura y Tumaco. Los dos se caracterizan por la extrema pobreza y unos niveles de violencia altísimos. Según cifras de Fedesarrollo, el ingreso promedio de Chocó, Cauca y Nariño se encuentra por debajo de un salario mínimo, a pesar de las altas transferencias del presupuesto nacional. Por supuesto, la violencia y la pobreza no son excusas para que Colombia no participe en la Alianza. Al contrario, la Alianza del Pacífico debe ser una razón para integrar la costa pacífica a Colombia.

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