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TENÍA, QUIZÁ, UNOS CUATRO AÑOS cuando fui testigo de un evento cuyas mutaciones las he seguido observando en las más diversas circunstancias y que, por supuesto, jamás he podido olvidar.
Era la hora del entredía, como decimos en Pasto, y junto a mi madre, una tarde compartíamos café y galletas, alrededor de la mesa del comedor, en casa de unos amigos, con el papá, la mamá, unos cuatro hijos varones y Tata, la hija menor. A esa corta edad, tenía el privilegio de observar lo que sucedía por encima de la mesa, en el mundo de los gestos y actos de habla de los adultos, pero cuando me cansaba de estar allí, mi mamá me permitía bajar de la silla y arrastrarme por el piso. Así, podía observar y compartir un paisaje de piernas, medias, zapatos, patas de la mesa, un mundo que, pronto descubrí, era muy incongruente con el de arriba. Todo comenzó cuando Tata se quejó de que sus hermanos le estaban dando patadas. Pero ni el papá, ni la mamá, ni nadie, le hicieron caso. La charla era tan animada, los modales de sus hermanos tan correctos, todos de corbata, bien peluqueados, que hacían inconcebible lo que Tata decía, además, sin mucha insistencia, porque seguramente sentía vergüenza y un miedo enorme de echar a perder una velada en honor de mi madre, a quien en esa familia han querido y respetado siempre. Pero era verdad: le estaban dando patadas. Inmediatamente después de la queja de Tata, descendí al piso y comprobé que sus hermanos eran como dos personas en una. La parte del cuerpo que estaba en la perspectiva visual de los papás, se comportaba con finos modales de adultos. Pero, por debajo de la mesa lanzaban puntapiés que se estrellaban en las piernas de la pobre Tata.
Recuerdo este lejanísimo evento al leer el proyecto de ley contra la corrupción que acaba de ser aprobado por el Congreso. Es un proyecto de ley que tiene cosas buenas, muy bien intencionado, pero infortunadamente no da en el clavo. El proyecto lo que pretende es castigar a los hermanos de Tata y darles lecciones de moralidad para que no repitan sus actos una vez cometidos. Pero, sería muchísimo mejor si se hubiese pensado qué hacer para evitar, en primer lugar, las patadas a Tata. Eso se hubiese logrado si la reunión se realiza en la sala o si la mesa del comedor fuese transparente. La transparencia hubiese permitido al papá o a la mamá de Tata detectar las patadas inmediatamente. Pero, hubiese producido algo aún más importante. Sabiendo que serían observados, no sólo por sus padres sino también por la visita, la transparencia los hubiese disuadido.
Por estas razones, todo programa para el buen gobierno, en general, y de lucha contra la corrupción, debe tener como componente central la creación o el mejoramiento de sistemas de información. Sistemas que permitan no tanto castigar, como prevenir el mal comportamiento. Por dar tan sólo un ejemplo, la probabilidad de ocurrencia de los fraudulentos recobros en la salud hubiese sido muy baja si se hubiesen actualizado dos sistemas de información, los perfiles de morbimortalidad y el POS, y si hubiese existido un sistema en línea de subastas e información de precios de medicamentos. Por no centrar su atención en la información, creo que el proyecto de ley contra la corrupción es otra oportunidad perdida. Las Tatas de Colombia seguirán recibiendo patadas.