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Una revolución auténtica

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Un gran infortunio que ha padecido América Latina ha sido la creencia según la cual la Revolución, con mayúscula, podría resolver todos los problemas de la noche a la mañana y de una vez y para siempre.

El modelo a copiar fue, por supuesto, la revolución cubana, la cual, después de medio siglo, se ha convertido en uno de los fracasos de ingeniería social más grandes de la historia.

Casi enterrada con la caída del muro de Berlín, la idea de la revolución logró un nuevo aire cuando Chávez llegó al poder en Venezuela, pero con el paso del tiempo se fue haciendo evidente que el sistema era incapaz de proveer bienes y servicios de primera necesidad y su persistencia solo ha sido posible con la restricción de las libertades, con el control de los medios de comunicación y con la centralización de todos los poderes en el Ejecutivo. El capítulo de la revolución chavista no sabemos cuándo va a terminar, pero podemos estar seguros de que es y será un gran fracaso.

Por la escasez de trabajos de historia cultural no es fácil decir por qué ha estado tan arraigado en América Latina un mito como el de la Revolución, la idea de que para solucionar problemas como los de la salud y la educación, hay que cambiarlo todo, la noción de que el cambio debe ser total o no es, de que no se puede cambiar la sociedad por partes, problema a problema. De que o es todo o es nada.

Quizás esa concepción totalizante y organicista de la sociedad se arraigó más fácilmente en los países de América Latina con la concepción del mundo medieval que trajeron los conquistadores, misioneros y encomenderos españoles. Por un lado, fue la noción organicista de un mundo completamente ordenado por leyes divinas y, por otro, la idea de que la vida, aquí en la tierra, es un valle de lágrimas, después del cual se alcanza o la vida eterna de la salvación o la condenación, del cielo o del infierno. La revolución es la noción de la salvación, no ya en el más allá, sino en el más acá, la idea de que aquí en la tierra podemos arreglar todo de una vez y para siempre.

No me cabe duda de que habremos dado un paso muy grande para el bienestar de nuestros países cuando nuestros jóvenes cambien esa concepción del mundo e interioricen la idea de que es posible arreglar un problema tras de otro. La conciencia de que no debemos esperar a que se arregle todo para que podamos mejorar la cobertura y la calidad de la educación o de la salud, o mejorar los sistemas de transporte y comunicaciones.

Las revoluciones que, de verdad, han combatido la pobreza, la desigualdad o la discriminación han sido hechos o sucesos aparentemente pequeños, como el descubrimiento del transistor, del chip, el acceso de las mujeres a la educación y al trabajo fuera del hogar o la píldora anticonceptiva. O, más recientemente, el acceso a Internet o el acceso al crédito que les ha permitido, por ejemplo, a campesinos y obreros comprar motocicletas y electrodomésticos.

Cuando se arraigue la idea de que el cambio puede ser gradual, con la responsabilidad individual que dicho cambio entraña, habremos dado un paso crucial para nuestro desarrollo. Esa será nuestra auténtica revolución.

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