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Una revolución fracasada

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Más allá del colapso de la economía, de la brutal represión a los opositores y de la corrupción generalizada, el llamado Socialismo del Siglo XXI plasma el fracaso del concepto de “Revolución”, esa idea soñada, muchas veces en forma sincera, según la cual, por un golpe de mando, es posible tomarse el poder político y arreglar todos los problemas y alcanzar la felicidad de una vez y para siempre.

No es, por supuesto, fácil explicar las causas de este fracaso, pero, quizá su raíz se encuentre en el simplismo de la concepción de la sociedad y del mundo que tuvo Hugo Chávez.

Para Chávez la sociedad era binaria: lo que unos tenían, no lo tenían otros; mientras unos querían el cambio y el progreso, otros defendían el statu quo; mientras unos eran bolivarianos, otros eran santanderistas; unos eran buenos, otros eran malos.

Cuando se concibe a la sociedad así, lo que hay que hacer es obvio. Hay que quitarles a los que tienen y dárselo a los que no tienen, hay que reemplazar la economía privada por la estatal, a los políticos y partidos tradicionales por los nuevos, a los empresarios por los funcionarios, a los gringos por los cubanos, a los santanderistas por los bolivarianos, a los malos por los buenos, que somos, por supuesto, nosotros, los del partido de la revolución.

El resultado es una polarización brutal, de permanente sospecha, la idea de que el que no está conmigo está contra mí, un principio que se aplica a todos, incluyendo, a los antiguos compañeros de lucha, muchos de los cuales se convierten primero en disidentes y luego en traidores.

Un régimen así sustentado destruye los tres pilares en los que sustentan las sociedades democráticas liberales y, al hacerlo, también abona los gérmenes de su propia destrucción.

Primero, las sociedades democráticas liberales son pluralistas y, por lo tanto, el poder está limitado tanto en el espacio como en el tiempo, tienen pesos y contrapesos, controlan y rotan a la dirigencia política. Segundo, estas sociedades tienen una economía de mercado, la cual, si bien está lejos de funcionar de acuerdo con el modelo ideal de la competencia perfecta, produce y distribuye bienes y servicios, incluyendo los de primera necesidad, como las arepas, el dentífrico y el papel higiénico. Y, tercero, lo más importante y, quizá, lo menos entendido, las sociedades democráticas liberales privilegian la esfera de la sociedad civil y de la vida privada.

En esa dimensión de la privacidad florece nuestra verdadera humanidad, una esfera que ni la política ni el dinero pueden y deben comprar, como el amor por la compañera o el compañero, el amor a los hijos, a los padres o el amor a Dios. Es también el mundo de la amistad, de la solidaridad y de las causas nobles, grandes o pequeñas, como la vida del barrio, la parroquia, las tertulias. Es un mundo en el que, más allá de las leyes y las normas escritas, definimos nuestros propios valores y pautas de comportamiento. Es el mundo de la genuina libertad, de la creatividad y de la ética.

Esa es la esfera que más detestan los regímenes autoritarios, de partido hegemónico, de Mesías salvadores, de jefes supremos que ya han encontrado la verdad. Pero, al destruir el pluralismo, la economía de mercado y la sociedad civil, estos regímenes siembran el germen de su propia destrucción.

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