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Las últimas cifras de crecimiento, reveladas por el DANE, señalan la urgente necesidad de una reforma tributaria estructural que estimule la inversión y la competitividad de las empresas.
El PIB agregado creció en el segundo trimestre tan sólo un 2 % con relación al mismo trimestre del año anterior, la menor cifra desde septiembre de 2009, cuando la economía sentía los efectos de la crisis mundial que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers. Esta cifra sorprendió a los mercados, pues los analistas esperaban un crecimiento de 2,3 % y el equipo técnico del Banco de la República un 2,5 %.
Este cuadro se torna más preocupante porque quizá hasta un 20 % está explicado por la expansión de la Refinería de Cartagena, sin cuya contribución el crecimiento agregado del PIB hubiese sido de tan sólo un 1,6 %. Es tan importante la contribución de esta refinería al crecimiento que la expansión de la industria manufacturera no hubiese sido de un 6 % (el mayor de todos los sectores), sino menos de la mitad de esa cifra.
De los nueve grandes sectores en que se desagregan las cifras de crecimiento, tres tuvieron contracciones: la agricultura (-0,1 %), quizá afectado por el fenómeno de El Niño y por el paro camionero; el sector de la electricidad, afectado también por el fenómeno de El Niño y por los daños en varias generadoras (-0,8 %), pero la mayor contracción la experimentó la minería, que decreció en un muy preocupante -7,1 %.
Los otros seis sectores crecieron, pero la mayoría de ellos a tasas significativamente inferiores a las de hace un año, excepto la industria. La caída más grande del crecimiento la tuvo el sector de la construcción, que se expandió a tan sólo un 1 %, mientras su crecimiento hace un año era de un 8,3 %. Entretanto, el comercio tuvo un magro crecimiento de un 1,4 %, mientras hace un año era de un 3,9 %.
Ciertamente existen factores externos que explican esta desaceleración tan pronunciada, como es el caso de la minería que sigue afectada por la caída en los precios internacionales de sus productos. Pero, sin duda, la desaceleración es también una consecuencia de la reducción del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, el cual alcanzó un 6,5 % del PIB en 2015. Idealmente, dicho ajuste debería hacerse con una mayor producción, especialmente de todos los sectores transables internacionalmente, pero, infortunadamente, las decisiones de inversión de muchas empresas están prácticamente paralizadas a la espera de la anunciada reforma tributaria, cuya radicación en el Congreso se espera inmediatamente después del plebiscito. Por esta razón, el ajuste externo ha recaído sobre el sector privado y se está materializando con una menor demanda de los hogares y las empresas.
Estas cifras también preocupan desde el punto de vista de las finanzas públicas porque el Ministerio de Hacienda había pronosticado un déficit fiscal para 2016 de un 3,9 %, bajo el supuesto de que el crecimiento anual de la economía sería de un 3 %. Posiblemente, con un crecimiento menor, el déficit tendría que ser ajustado hacia arriba.
En estas circunstancias, la reforma tributaria, además de incrementar los recaudos con un ataque frontal a la informalidad, debería crear muchos incentivos para la expansión de la producción en todos los sectores, pero especialmente en los transables.
Mientras no se aclaren estas incertidumbres, me temo que será muy difícil un repunte del crecimiento.