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Un libro publicado recientemente por el historiador Frederick Starr, investigador de la Universidad John Hopkins, revela que la mayor sofisticación intelectual, durante la época que llamamos la Edad Media, no se dio en Europa, en la China imperial, ni en el Medio Oriente, sino en Asia Central.
El término «descubrir» a América es errado por motivos de lógica lingüística y cultural. Nadie puede descubrir un lugar que ya está habitado. No obstante, el geógrafo, cartógrafo, matemático y astrónomo Abu Raihal Al-Biruni (que nació en el año 973), concluyó que había una masa continental en el mar que separa a la costa oriental asiática de la costa occidental europea. Fue, hasta donde conocemos, el primer no-americano en registrar la existencia de América.
Sin embargo, Biruni jamás pisó América. De hecho, como en el poema de León de Greiff, sus ojos no vieron el mar. Sus viajes, que sin embargo fueron muchos, los hizo en regiones que hoy se conocen como Pakistán, el norte de India, Kirguistán, y su natal Khwarazm, hoy Uzbekistán. Estos lugares eran, como detalla Frederick Starr en su libro «La Ilustración perdida: la Era Dorada de Asia Central, desde la conquista árabe hasta Tamerlán», el centro intelectual del mundo euroasiático. El libro, lamentablemente, no ha sido traducido al español.
Entre los siglos X y XIII, en Asia Central, por donde transitaban los mercaderes de la Ruta de la Seda, había una sofisticada red de ciudades como Samarcanda, Bujara y Kasgar, y que tenían ricas bibliotecas cuya consulta motivaba el peregrinaje de intelectuales quienes dominaban, simultáneamente, varias áreas del conocimiento. Eran historiadores, poetas y músicos, así como geógrafos, geólogos, astrónomos y médicos. Buena parte de las antiguas construcciones de estas ciudades de Asia Central ya no existe, pues no fueron hechas en piedra, sino en ladrillo. Fueron disueltas por el viento y la erosión.
Biruni, cuyas ambiciones mentales recuerdan a los audaces y excéntricos proyectos intelectuales de los personajes de Jorge Luis Borges, hizo un mapa de la superficie terrestre ubicando en él todos los puntos conocidos de Europa, África y Asia, con su correspondiente longitud y latitud. Calculó la circunferencia de la tierra con un margen de error de tan sólo 10 millas, y fue en este proyecto que dio con un vacío demasiado grande para su intuición. Era imposible que no hubiera nada en la masa oceánica de 15.000 millas que había deducido existía entre Asia y Europa: el llamado «Océano Mundo».
Desde la lógica, concluyó que era un hecho la existencia de un continente habitable. En efecto, ese continente existía y estaba habitado. Es el nuestro.
El viernes tuve una conversación telefónica con Frederick Starr, que transcribí para China Files, el portal del que soy editor general. Hablamos en especial de la situación actual de Asia Central, el terrorismo y las relaciones entre Rusia y China. Recomiendo al lector que esté interesado en ella buscarla por su título en cualquier buscador de internet: «China trajo a la CIA para hacer monitoreo a Rusia, Frederick Starr, presidente del Instituto Asia Central-Cáucaso».
Twitter: @santiagovillach