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La guerra contra las drogas es frustrante porque resulta imposible ganarla, a no ser que se apliquen medidas de control draconianas.
En China, el Estado comunista logró, en la década de 1950, erradicar el consumo de opio enviando a los consumidores a campos de concentración y ejecutando a quienes lo cultivaban y procesaban.
En Filipinas, el presidente Rodrigo Duterte, bajo el aplauso de sus electores, está librando una guerra sucia contra el narcotráfico, arrojando por la ventana el respeto a los derechos humanos. Si bien no ha atacado a los grandes capos, las ejecuciones extrajudiciales de pequeños vendedores y consumidores, así como en ocasiones sus mismas familias, han llevado a que la mayoría de los filipinos digan sentirse «más seguros» que bajo el gobierno anterior.
Muchos en nuestras democracias quieren soluciones de este tipo y no entienden por qué la guerra contra las drogas se libra a media marcha, con una debilidad institucional que no hace sino impedir la solución definitiva. La droga es ajena a sus vidas o sólo la conocen mediante experiencias trágicas de familiares adictos. Desconocen que la gran mayoría de usuarios, aproximadamente el 90% según investigaciones de la Universidad de Columbia, nunca se hacen adictos a las drogas que consumen.
Comparto mi experiencia personal.
He consumido prácticamente todas las drogas en el mercado legal e ilegal, salvo la heroína, y en mi peor momento, hace unos 10 años, estaba enganchado «únicamente» a la cocaína, la marihuana, el cigarrillo y el alcohol. Las sustancias que más trabajo me costó dejar de consumir fueron el cigarrillo y el alcohol, no porque me fuera más difícil conseguirlas, pues todas las drogas podía pedirlas a domicilio, sino porque resultaban más fáciles de conciliar con mi vida cotidiana. Además me parecían más adictivas.
No era muy difícil dejar de consumir cocaína si no consumía alcohol. No fumar cannabis durante un par de semanas quizás era tremendamente indeseable; pero no fumar tabaco durante el mismo lapso era inconcebible. Dejar de tomar alcohol del todo nunca ha sido una opción, pero sí reduje significativamente el nivel de consumo. Llevo más de cuatro años sin fumar cannabis y cigarrillo, las drogas que más frecuentemente consumía, pero me cuesta trabajo pasar dos semanas sin tomar una cerveza o un vino durante una reunión social. A veces, incluso, es difícil no querer una tercera, cuarta, quinta copa.
El consumo de drogas es ahora incompatible con mi vida. Si consumo cocaína destruyo mi corazón y mis arterias, y ya estoy demasiado mayor para correr esos riesgos. No quiero un infarto a los 40. El cannabis me aletarga y dificulta que me levante en las mañanas, así que lo evito porque interfiere con mi rutina laboral. El cigarrillo reduce mi rendimiento para hacer ejercicio y aumenta la probabilidad de contraer cáncer, una enfermedad que preferiría no padecer. El consumo excesivo de alcohol me causa resaca, y afecta mis relaciones familiares y de pareja. También aumenta mis niveles de azúcar y me dificulta hacer ejercicio. Ya incluso procuro no beber más de una taza de café al día por motivos de salud. Prefiero el té. En suma, me he vuelto terriblemente aburrido.
Estos son los prosaicos motivos por los que ya no estoy enganchado a ninguna droga. Ninguno de ellos es el resultado de los esfuerzos estatales en la lucha contra el narcotráfico, pero sí de las campañas para hacer visibles los efectos nocivos de las drogas sobre la salud.
No dejé de consumir drogas porque le tenga miedo a la policía, sino porque le tengo miedo a una mala calidad de vida. Si bien creo que puedo consumir drogas ocasionalmente sin caer en la adicción –con la excepción del cigarrillo–, construí una existencia en la que las drogas ya no tienen un papel. Cuando hay un empleo exigente, ambiciones, quizás hijos o una pareja que no consuma, en fin, responsabilidades, es preferible sentarse a leer, ver televisión una tarde o tomar una copa de vino y acostarse a dormir temprano, que irse a rumbear hasta las tres de la mañana y llegar a casa con los cuatro asteroides de la noche que no quieren que se haga de día: llenar la mesa de la sala con botellas de whisky o aguardiente, líneas de coca, montecitos de marihuana y una hilera de pepas. En ningún momento de mi historia con las drogas he pretendido que el Estado me proteja de mis propios apetitos, ni creo que esa debe ser su función.
Cuando no se tiene buena calidad de vida, cuando no hay nada por construir, cuando se padece desesperanza y soledad, pues hay propensión a la adicción. El placer de las sustancias llenará momentáneamente el vacío, pero irá horadando uno más grande. Este es el verdadero origen de la adicción y no se puede combatir con fuerza pública, cárceles, balas ni glifosato.
Comprender esto es difícil porque es complejo. No tiene el embrujo de las soluciones simples. Combatir el tráfico, consumo y porte de drogas con prisión y multas sólo funcionaría en casos extremos, como los de China y Filipinas, que ponen en riesgo el sistema democrático.
Para alguien que valora las libertades propias de un Estado social de derecho, su costo es demasiado alto en comparación con sus resultados. Para quien mira con cierta envidia la vida segura y libre de criminalidad que se respira bajo un régimen autoritario, pues su objeción estructural no es con las drogas, sino con la democracia misma.
Fumigar cultivos es una estrategia que en 40 años de implementación no ha hecho sino, en el mejor de los casos, reducirlos a la mitad; y entretanto ha engrosado las arcas de los principales interesados en mantener viva la guerra contra las drogas: las empresas estadounidenses que se lucran de vender el pesticida y la infraestructura para su fumigación.
¿Se compadece el gasto en nuestros impuestos con los resultados de luchar contra las drogas?
Creo que pagar impuestos para meter a la cárcel a quien vende cocaína no es una solución a la adicción. La mejor forma de sacar las drogas de los colegios y universidades, de acabar con el narcomenudeo, no es haciendo una reforma al código de policía, sino llevando la droga a puestos de venta autorizados y controlados por el Estado.
La mejor forma como el Estado puede controlar la producción y distribución de la droga no es fumigando y destruyendo laboratorios, sino asumiendo la producción de drogas o delegándola a empresas autorizadas. El resultado no reducirá el consumo de drogas, pero al menos eliminará la criminalidad, el derramamiento de sangre y el derroche de dinero que supone.
El mejor método para combatir el consumo y la adicción entre adolescentes y adultos es fortaleciendo el tejido social: brindar oportunidades y esperanzas que hagan del consumo de drogas algo indeseable. Es la solución compleja, pero es la única. Aun así no funcionará en muchos casos. Tendremos también que aprender a convivir y aceptar que en una sociedad con drogas inevitablemente habrá quienes no podrán salir de la adicción. Será, quizás, el mismo 10% de los usuarios.
Twitter: @santiagovillach
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