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Los pasos en falso de Juan Manuel Santos no pueden confundirse con el propósito final del proceso.
Ni el miedo a la guerra urbana ni a un aumento de los impuestos debe motivar el apoyo al proceso de paz en Colombia. El paso en falso del presidente Juan Manuel Santos, de apoyarse en estos temores para hacer atractiva la refrendación de los acuerdos a la clase urbana y empresarial, aliena más a quienes se oponen al proceso, indigna a los que no tiene que convencer y deja un sinsabor a mezquina manipulación entre los indecisos.
El miedo es precisamente lo que se debe combatir, y no azuzar, para que el proceso de paz llegue a feliz término. El principal obstáculo es el odio visceral que buena parte de la población colombiana tiene hacia las Farc. Esto genera una resistencia muy difícil de vencer a la idea de que el estado ceda en el proceso de la Habana, algo inevitable, ya que no se trata de un sometimiento a la justicia, sino de una negociación política.
Quienes describen a este proceso como una entrega de Colombia a las Farc consideran que la guerrilla está manipulando a los negociadores, o que está en complicidad con ellos para acordar los términos más favorables. Las Farc, a sus ojos, no han cambiado desde el proceso del presidente Andrés Pastrana. Anunciar que las Farc se preparan para la guerra urbana es darles la razón.
Por otro lado, no será por miedo a la guerra urbana que los electores refrendarán los acuerdos. Al contrario, hay escepticismo en torno al proceso por el efecto negativo que el postconflicto podría tener en la seguridad urbana. Es común escuchar como argumento la preocupación de que, tras la entrega de la guerrilla, los excombatientes se dedicarán a delinquir en las ciudades. Con toda seguridad, por las experiencias que han tenido otros países y por los antecedentes del Proceso de Justicia y Paz, se presentarán este tipo de casos. En lugar de lanzar amenazas de una guerra en las ciudades si no se aprueban los acuerdos, se debería explicar cómo se evitaría un aumento en la criminalidad urbana a causa de la desmovilización de las Farc.
El principal punto de la oposición es, sin embargo, la herida en el sentido de justicia. La sensación de estar siendo engañados por criminales y narcotraficantes. Una sensación similar, aunque el contexto y los detalles de la negociación sean muy distintos, a la que tenían los opositores a las negociaciones con los paramilitares. Mostrar a las Farc como un grupo que está alistándose para ejecutar atentados en las ciudades refuerza la idea de que este proceso es una burla a la justicia.
Un último motivo de oposición es el resentimiento que genera entre un sector de la clase trabajadora urbana el que se le den ventajas económicas y laborales a los excombatientes. Que en un mercado laboral cada vez más difícil, a causa de la desaceleración de la economía y los efectos de la devaluación, los asesinos y secuestradores tengan más ventajas y ayudas del estado que los colombianos «de bien». Resienten el mensaje de que el crimen paga. Visto desde esta perspectiva, aludir a la amenaza de la guerra urbana es darle la razón a estos prejuicios.
A pesar de que Juan Manuel Santos se ha jugado la culminación de su carrera política en un proceso de paz histórico, asumiendo enormes riesgos y demostrando un compromiso que ha madurado en una negociación que está a pocos pasos del éxito, su imagen no tiene poder de cohesión simbólica. No es un líder que con su carisma pueda darle un impulso a la aprobación del proceso.
Jugar la carta del miedo, sea a la violencia urbana o a un aumento en los impuestos, no sólo reduce la autoridad de su imagen y su popularidad, sino también refuerza los prejuicios que han dificultado la aceptación del proceso de la Habana.
Twitter: @santiagovillach