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El problema de la democracia

Santiago Villa
13 de octubre de 2014 – 11:12 p. m.

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Las democracias occidentales están en crisis. Un inversionista filántropo y un periodista político dicen tener la clave para resolverla.

Los sistemas democráticos occidentales están en crisis. Es la premisa de Gobernanza inteligente para el siglo XXI, el libro de Nicolas Berggruen, un filántropo multimillonario, y Nathan Gardels, un politólogo y periodista.

Su diagnóstico es que en las democracias del primer mundo, donde se supone que mejor opera este modelo político, la democracia participativa no gobierna sobre las fuerzas más influyentes de la sociedad, como el mercado; y que los ciudadanos ejercen una participación política banal, que reproduce en el ámbito público hedonismo de la globalización contemporánea: el culto al consumo y a la imagen, y la búsqueda de la gratificación inmediata.

En el primer mundo, el combativo bipartidismo estadounidense frustra cualquier proyecto político ambicioso, la desesperanza de los electores europeos atemoriza a los parlamentos o radicaliza a los partidos, y la falta de instituciones globales con la suficiente autoridad hace aguas los intentos de resolver problemas apremiantes como el cambio climático.

Las mejores intenciones políticas de lo que Berggruen y Gardens llaman la Globalización 1.0, es decir la liderada por Estados Unidos y Europa, fracasaron.

En América Latina y África la democracia también cojea.

En Latinoamérica se ha propagado el vicio político de confundir a la democracia con lo que puede llamarse «la dictadura electoral». No es exclusivo a los regímenes de izquierda (pues Álvaro Uribe en Colombia echó mano de la estrategia), pero en nuestro continente son sus más obvios exponentes. Su simplista interpretación de democracia como el gobierno de las mayorías, manifestado en elecciones al legislativo y al ejecutivo, y reformas constitucionales mediante referendos.

Durante una conversación que sostuve en 2009 con un taxista venezolano en San Cristóbal, Táchira, debatimos sobre Hugo Chávez; o mejor, escuché un largo monólogo que era digno de su ídolo político, en el que el ciudadano respondía a las diversas críticas que le hacían al entonces presidente de Venezuela. Una de ellas, que había pisoteado a la democracia venezolana, «¿pero dime tú qué país es más democrático que éste, si en los últimos 10 años hemos tenido más de 12 elecciones?».

Asumiendo que las elecciones no son manipuladas y que son legítimas estas continuas victorias faraónicas en las urnas, como la de Evo Morales ayer en Bolivia (con 60% de la votación, control de dos tercios del parlamento de su país y la victoria de su partido sobre ocho de nueve provincias), la paradoja es que entre más democracia participativa se da mediante las elecciones, más democracia institucional se pierde a causa de los embates del poder ejecutivo a los otros poderes y a las constituciones, y por las restricciones a la libertad de prensa y expresión.

En la práctica, los regímenes inspirados en el modelo venezolano llevan a cabo autogolpes de Estado con la complicidad de los electores. Esto que digo no es nuevo pero vale la pena reiterarlo. Las mayorías electorales pueden ser muy perjudiciales para la democracia y los sistemas se deben proteger de ellas cuando amenazan las instituciones de gobierno.

En África, un continente de 54 países, cualquier generalización es simplista. En los países donde la violencia no ha desestabilizado a los sistemas o donde las autocracias son evidentes (República Centroafricana, Mali o Zimbabue), hay un exceso de clientelismo y fraudulencia en los procesos electorales. Las separaciones de poderes son débiles y las libertades civiles se ejercen con enormes riesgos. En Sudáfrica, la democracia más estable y dinámica del continente, el Congreso Nacional Africano aún tiene las elecciones ganadas antes de ir a las urnas, y esta debilidad en la competencia parlamentaria ha generado corrupción y falta de rendición de cuentas. El CNA es el PRI de Sudáfrica.

Para volver al libro de Nicolas Berggruen y Nathan Gardels, la propuesta es mirar hacia oriente. Específicamente a China. Hay una evidente contradicción al intentar solucionar un problema en la democracia con el ejemplo de un sistema totalitario. Sin embargo, las vacunas con las que se combaten las enfermedades son dosis reducidas del mismo virus.

Según Gardels, «la fuerza de una autocracia como China radica en su habilidad para forjar consenso y unidad de propósito con la capacidad institucional para implementar políticas de largo plazo. Pero por no tener sistemas de rendición de cuentas, transparencia y libertad de expresión, se ha vuelto rígido y corrupto, dándole paso a los intereses creados y destruyendo lo que ha logrado».

La clave para Berggruen y Gardels es mezclar la unidad de propósito y el consenso de sistemas como el chino, con la transparencia y las libertades de prensa y expresión de los sistemas occidentales. Occidentalizar a oriente y orientalizar a occidente. Evaluar, según cada caso, la forma de introducir meritocracia donde hay un exceso de democracia electoral, y fortalecer la participación democrática a niveles locales (el llamado nivel grassroots). Igualmente, en los sistemas donde la libre expresión está amenazada, fortalecer a la prensa y a la transparencia institucional, para que los ciudadanos ejerzan vigilancia sobre sus líderes.

Así, según los autores, asumiríamos mejor los retos de la Globalización 2.0. 

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