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El intrusivo aparato de espionaje del gobierno del presidente Barack Obama le ha costado su credibilidad ante aliados y rivales, y está generando más problemas que ventajas para Estados Unidos.
Fue una situación descarada. Al tiempo que en el marco de la sexta ronda de Diálogos Estratégicos y Económicos China – Estados Unidos (una reunión anual que informalmente puede catalogarse como el G2), el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, le reclamaba a China por el espionaje industrial y cibernético, las relaciones entre Estados Unidos y Alemania caían en su peor crisis desde la guerra de Irak del 2003. La razón: Estados Unidos espiaba a Alemania.
Los aliados del presidente Barack Obama han debido aprender a las malas que tras la carismática simpatía y las bellas palabras del presidente estadounidense, opera un político desleal. Por eso cuando Kerry le pide a China, un socio-rival, que cese el espionaje, no podemos sino imaginar la sonrisa interna de los chinos mientras lo niegan todo: «¿Nosotros a ustedes? No, secretario, jamás se nos pasaría por la mente. Seguro sus subalternos lo tienen mal informado».
Es divertido observar a un país como Estados Unidos quejarse del espionaje, cuando su aparato de vigilancia a los jefes de Estado y ciudadanos extranjeros (y a sus propios ciudadanos), es el más sofisticado e intrusivo en la historia de la humanidad. No exagero. Nunca antes centrales de inteligencia como la CIA y la NSA habían recogido tanta información, pudiendo además darle sentido a este tsunami de datos. Las revelaciones de Edward Snowden son tan dramáticas que debo confesar que a veces me cuesta trabajo dimensionar su alcance. Me sucede como con las cifras de los astrónomos. La NSA revisa un poco más de 18.260.000.000.000.000 bytes al día (el 1,6% del tráfico de internet).
Es difícil determinar qué tan útil ha sido este análisis para proteger a los ciudadanos estadounidenses y perseguir a los «enemigos de América». Aparentemente ha sido más efectiva la tortura, como sucedió en el caso de Osama bin Laden, si creemos en la historia oficial y en Osama bin Laden (en este mundo es difícil ya distinguir la realidad de la ficción. Parecemos vivir en la perversión del adagio de Oscar Wilde: «la vida imita al arte», en este caso remedando las distopías de la ciencia ficción).
El efecto más visible que ha tenido este aparato de espionaje ha sido alienar al gobierno de los Estados Unidos de sus propios ciudadanos y de sus aliados. El exceso de vigilancia ha generado una desconfianza difícil de recuperar, pues como nos enseñó Michel Foucault, toda vigilancia es un mecanismo para ejercer control, y a nadie le gusta saber que su aliado lo quiere controlar. Estados Unidos no se puede dar el lujo de perder la confianza de Alemania, y menos ahora, cuando Angela Merkel es el personaje más importante para negociar con Vladimir Putin una salida a la crisis de Crimea.
El espionaje de Estados Unidos no lo está protegiendo, sino que le está disparando un tiro en el pie.
Pero esto del espionaje no es algo nuevo ni exclusivo a Estados Unidos. Como apunte final quisiera llamar la atención sobre el intenso juego de espías que se lleva a cabo en nuestros países de la antigua Gran Colombia.
Un miembro del equipo de seguridad de la embajada de Venezuela alguna vez me describió en términos generales, durante una conversación informal, cómo era la red de espías cubanos que operaba en Colombia y que hacían inteligencia para el gobierno de Hugo Chávez (esto fue en octubre del 2012, antes de la muerte del caudillo). Probablemente la situación sea igual hoy.
El DAS tenía la Operación Salomón en Ecuador, con la que espiaba a los funcionarios del gobierno del Ecuador, y chuzaba el teléfono del presidente Rafael Correa.
En Colombia eran frecuenten las misiones del DAS (y probablemente lo sigan siendo a través de otras agencias), para infiltrar a Venezuela. De cuando en cuando capturaban agentes secretos en la frontera, los interrogaban, y los deportaban. El exceso de espionaje colombiano ha llegado a extremos tan ridículos como la Operación Andrómeda, a través de la cual el estado colombiano se espiaba a sí mismo.
Por último, la Secretaría Nacional de Inteligencia del Ecuador tiene también una modesta red de espionaje de la que yo he sido un objetivo. Hace algunos meses me fue remitido un intercambio de correos entre el director de esta entidad y un funcionario, en el que se ordenaba interceptar mis cuentas de email. El intercambio tiene como fecha la última semana de noviembre de 2012. Si querían interceptarme a mí, imagino que también intentaron interceptar a otros funcionario y periodistas colombianos. Es una historia que aún está por contarse y lo haré con detalles, publicando las pruebas, en una fecha próxima.
Twitter: @santiagovillach