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La alcaldía que quema

Santiago Villa
03 de agosto de 2015 – 11:11 p. m.

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Dos lugares comunes no parecen muy acertados: que la alcaldía es la antesala a la carrera presidencial y que es el segundo cargo político más importante del país.

A menudo se escucha que la alcaldía de Bogotá es el segundo cargo político más importante de Colombia y que resulta ser una antesala a la carrera presidencial. Sin embargo, no es ni lo uno ni lo otro, y estos lugares comunes le han hecho mucho daño a la ciudad, pues la han convertido en una víctima de las ambiciones de políticos más interesados en su futuro (político o financiero) que en la administración de la ciudad.

Un repaso a las ambiciones presidenciales de los ex alcaldes de Bogotá arroja que, con la excepción de Andrés Pastrana, todas han fracasado. Más que fortalecer sus posibilidades, lo que esta tendencia parece confirmar es que los «quema». Incluso Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, que tuvieron alcaldías sin grandes escándalos, relativamente bien recibidas, y que no han sido tan controversiales como las últimas dos, han fracasado en las presidenciales. A los alcaldes de Bogotá se les suele considerar como personas que fueron buenas para lidiar con los problemas de la ciudad, en el mejor de los casos, pero a quienes el país les queda grande. En el peor de los casos se les considera criminales de cuello blanco.

Un repaso a los cargos que ocuparon los últimos ex presidentes de Colombia arroja que es preferible ser ex ministro o ex congresista que ex alcalde de Bogotá. Juan Manuel Santos fue ministro (varias veces), Álvaro Uribe fue senador, Andrés Pastrana, como vimos, es la excepción, Ernesto Samper fue senador y ministro, y César Gaviria fue representante a la Cámara y ministro.

De hecho, la lamentable tendencia que se ha asentado es la contraria, que los candidatos que fracasaron en sus ambiciones presidenciales deciden lanzarse como alcaldes de Bogotá. Pareciera que la alcaldía se convirtiera en una opción que les permite recargarse para las presidenciales. Quizás consideran que es el único cargo de elección popular que no les quita protagonismo.

Ha sido el caso de Luis Eduardo Garzón, Gustavo Petro, Clara López, Enrique Peñalosa y Rafael Pardo, entre otros. Así que resulta más probable que un candidato fracasado a la presidencia se convierta en alcalde de Bogotá, a que un ex alcalde se convierta en presidente.

El caso de Carlos Vicente de Roux es interesante porque lleva más de 10 años de vida política en Bogotá y no creo que en su ambición de ser alcalde prime su interés en ser presidente de Colombia. Considero que es un paso que ha querido dar por un genuino interés en la ciudad, pero puedo estar equivocado. Si algo nos ha enseñado la política colombiana es que nada es lo que parece, o mejor, casi todo es lo que no parece ser.

No obstante, la coherencia de su carrera política en Bogotá y su compromiso con la ética es uno de los motivos por los que de Roux me inspira más confianza que los otros candidatos. Carlos Vicente de Roux, a diferencia de Clara López, no protegió con su silencio los abusos de la administración de Samuel Moreno, sino que supo distanciarse del Polo y del entonces alcalde, para denunciarlo e investigarlo con mayor intensidad que cualquier otro político. Más adelante se distanció también de Gustavo Petro por diferencias éticas.

Gustavo Petro, junto con Luis Carlos Avellaneda, suelen asumir el crédito de haber investigado a la administración de Samuel Moreno desde la izquierda. Lo hacen con razón, porque fueron los otros dos miembros de la comisión que hizo esta labor, pero la mayor parte del trabajo lo hizo Carlos Vicente de Roux desde el Consejo de Bogotá. Fue además, quien corrió con el mayor riesgo político, pues era la figura menos conocida de los tres. Prueba de ello es que es uno de los candidatos con las opciones más bajas.

Por último, es una exageración propia del centralismo cachaco la idea de que la alcaldía de Bogotá es el segundo cargo político más importante del país, o incluso el segundo cargo de elección popular más importante. Los medios de comunicación lo han hecho parecerlo, pero no lo es. Las decisiones del alcalde de Bogotá no tienen mayores repercusiones por fuera de Bogotá. A no ser que ejerza una presencia más fuerte en el Capitolio que en el Palacio Liévano, no influye sobre las coaliciones parlamentarias o las decisiones legislativas. Finalmente, si fuera el segundo cargo más importante de Colombia, a los electores durante las presidenciales no pensarían que a un ex alcalde de Bogotá le queda grande administrar el país.


@santiagovillach 

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