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Las componendas de la paz

Santiago Villa
02 de mayo de 2016 – 10:22 p. m.

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El proceso de paz es la excusa perfecta de los partidos políticos para venderse por el poder.

Desconozco si Álvaro Uribe ha leído el adagio de Oscar Wilde, «un amigo de verdad siempre te apuñala de frente». Ignoro también si alguna vez creyó que Juan Manuel Santos era su amigo. Probablemente no. Sin embargo, si hubiera de leer esa frase, seguro incluiría a Santos en la lista de amigos que no apuñalan de frente.

Algunos aplauden la traición de Santos a Uribe, otros no, pero nadie discute con argumentos de peso que hubo un engaño. Ganó las elecciones de 2010 por la intervención directa del entonces presidente, y tan pronto lo reemplazó, su plataforma política dio un giro en U; con la ironía añadida de que Santos se llevó con él al Partido de la U (que nunca he entendido porqué no se llamó desde entonces el Partido de la S).

La mayoría de los colombianos piensa esto mismo del actual presidente, es decir, que es solapado. Es por ello que está a punto de cerrar un proceso de paz histórico y de abrir otro no menos importante, pero su popularidad es bajísima. No genera confianza. Produce la sensación de que siempre hay que estar vigilante para que no apuñale por la espalda. Para que no firme una reforma a la justicia que da patente de corso a los corruptos, para que no permita minería en los páramos, para que no apruebe la extracción de petróleo en las inmediaciones de Caño Cristales. En suma: para que no nos engañe a nosotros también.

Pero los ciudadanos comunes y corrientes no podemos solos. Es necesario tener una oposición sana, vigorosa, sin rabo de paja. Por eso es que el proceso de paz, o más precisamente, el proceso de refrendar los acuerdos de paz, se ha convertido en una cura de graves efectos secundarios para nuestra democracia. El consenso entre los partidos para refrendar los acuerdos se está fabricando con clientelismo, componendas y maquinaria política, que es la locomotora más poderosa de Santos.

Una estrategia que debería ser para saltarse a los partidos, es decir acudir directamente al pueblo, se volvió una repartición de la torta burocrática. La Fiscalía para Cambio, unos ministerios para los Liberales, otros para la U, otro para el Polo, otro para los Verdes, y por supuesto, unos ministerios más para Cambio.

Esto parece indicar que la movilización del electorado no se hará apelando directamente a su consciencia democrática y a su discernimiento sobre lo más conveniente para las generaciones futuras, sino a los caciques políticos. Al voto por lechona en la costa atlántica, los santanderes, el centro y las ciudades. Donde sea que estén los feudos de los distintos partidos que hacen parte del «Gabinete de la Paz». Esto para superar en votos al único partido que hoy hace oposición en Colombia: el Centro Democrático.

Qué fraude que los vicios políticos que en un principio motivaron los alzamientos en armas de guerrilleros sean precisamente el mecanismo para legitimar el acuerdo de paz.

Nunca he escrito una columna en contra del proceso de paz y esta no será la primera, pero los métodos que se están empleando en su nombre son una vergüenza. El proceso de paz debería llegar a una feliz conclusión sin comprar a la oposición política del gobierno.

La estrategia incluso suscita una pregunta: ¿acaso podría ser la refrendación popular de los acuerdos una artimaña diseñada por Santos para acaparar consenso político y reducir al máximo cualquier oposición a su gobierno? Eso se llama, en el mejor de los casos, chantaje moral.

La gente no es tonta. Algo huele mal en la Casa de Nariño, en los corredores del Capitolio y en las altas cortes. Lo grave es que ahora quienes pueden denunciarlo son sólo el Centro Democrático y algunos congresistas honestos entre los Verdes y el Polo.

La oposición que debe vigilar al gobierno Santos quedó descuartizada, comprada en nombre del «anhelo de paz», y lo que es casi peor, en manos del uribismo.


Twitter: @santiagovillach 

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