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Concuerdo con Jair Bolsonaro cuando dice que una dictadura tiene sus ventajas. China, un país sin elecciones, es por ejemplo inmune a imbéciles como él. El sistema chino no es fácilmente reproducible –y quizás sea mejor así–, pero su rígido camino de ascensos políticos y la enorme dificultad que tiene el funcionario promedio para llegar a las posiciones más altas casi aseguran que el líder supremo del Partido Comunista, si bien podría ser despiadado e incluso corrupto, no será ningún tonto. Con la obvia excepción de Mao Zedong, todos han sido expertos administradores públicos.
Es un debate abierto si China habría logrado esas dramáticas reducciones en sus índices de pobreza –las más agudas de cualquier sociedad en la historia humana–, si a partir de los años 70 u 80 hubiese abierto plenamente su sistema e introducido una democracia electoral pluripartidista. ¿Habría sido una democracia como la rusa, la india o la japonesa?
No voy aquí a especular sobre las direcciones que habría tomado una democracia china contrafactual. Hablemos mejor de lo que efectivamente sucedió.
Una de las fortalezas que le permitieron a China ponerle un fin a la hegemonía occidental, y compartir con Europa y Estados Unidos el liderazgo planetario, fue precisamente el afinamiento de su sistema político a partir de 1976, cuando murió Mao, para instaurar un régimen de partido único pragmático, con economía de mercado y sucesión rítmica de liderazgo. En suma, estabilidad y dirección clara, que se supone es la ventaja que tiene una dictadura sobre la democracia. Se supone, pues cuando de dictadores se trata, lo más común son los locos y los asesinos.
¿Estoy haciendo entonces una apología de la dictadura? No lo creo, pero después de haber vivido cuatro años en China, creo que soy más escéptico que antes con respecto a que un sistema político en particular tenga bondades incuestionables. O quizás es simplemente mi predisposición a criticar todo credo hegemónico. Mucho me queda del iconoclasta adolescente.
Sin embargo, también viví en Sudáfrica, un país donde la conquista del voto universal implicó una valiente y sangrienta lucha de la población mayoritaria negra contra la dictadura de una minoría blanca. Sería de un cinismo imperdonable afirmar que el voto es un derecho baladí, luego de haber convivido con quienes tanto sacrificaron por asegurarlo para su pueblo. El derecho a expresar la opinión política, a elegir un líder, es una manifestación de dignidad, así esa elección sea autodestructiva o irresponsable.
El problema, por otro lado, es que esa elección es mucho menos libre de lo que se nos ha enseñado. Para cuando llegamos al puesto de votación, muchos otros ya han decidido por nosotros cuáles son las opciones. La democracia electoral parte del falso supuesto de que los ciudadanos eligen libremente al gobernante, cuando el aspecto menos democrático de la democracia es precisamente la carrera electoral, que depende tanto del dinero que se invierte en las campañas, de las manipulaciones abiertas o sutiles de los medios de comunicación y, sobre todo, del hecho de que las opciones son sumamente limitadas. Cuatro o tres personajillos entre millones de habitantes.
A menudo la carrera final termina siendo entre dos. Muchas tensiones y polarización se ahorrarían si llegados a ese punto sencillamente arrojáramos una moneda. Cara o sello: que decidan las fuerzas objetivas de la gravedad y del azar.
Para mí la pregunta más interesante no es por qué Brasil votó por Jair Bolsonaro. Los motivos son evidentes. Lo que me gustaría entender es la lógica de quienes votaron por él porque no pudieron votar por Lula da Silva. Me cuesta trabajo entender cómo una persona, frustrada porque no pudo votar por Lula, decide apoyar a su opuesto radical. Esto explicaría por qué están tan desprestigiadas las opciones mesuradas, que toman un poquito de allá y un poquito de acá para crear una mezcla que no es ni chicha ni limonada, pero precisamente por eso no emborracha ni causa acidez estomacal.
Con todo, no me preocupan tanto los desatinos electorales como Donald Trump o Jair Bolsonaro desde un punto de vista histórico. La democracia no son las elecciones, sino el sistema de contrapesos. Aunque pueden hacer mucho daño, los malos gobernantes vienen, pero en cuatro u ocho años se van. Los problemas realmente surgen cuando el gobernante elimina los contrapesos y, como Hugo Chávez, modifica el sistema mismo para atornillarse en el poder. La democracia, si funciona como debería funcionar una democracia, en cierta medida también es a prueba de imbéciles.
El problema es que las democracias casi nunca son a prueba de desesperados, y el pueblo de Brasil, como el venezolano en su momento, está desesperado.
Twitter: @santiagovillach