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Los nostradamus de la energía solar

Santiago Villa
14 de diciembre de 2015 – 09:00 p. m.

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En el 2025, según una empresa científica de la agencia de noticias Thomson Reuters, la mayoría de la energía empleada en el mundo será solar.

El valor de una predicción científica radica en que se cumpla, o en que al menos resulte bastante probable que acontezca. El atractivo de una predicción esotérica se halla en la satisfacción emocional que le otorga a quien la recibe. («Veo un inesperado éxito profesional en tu futuro. Veo un amor de ojos verdes. Veo un viaje. Enciende velas rosa, muchas velas rosa»).

Son frecuentes las predicciones esotéricas que parecen científicas.

Durante la última semana, a causa del acuerdo al que se llegó durante la cumbre COP21, han vuelto a circular 10 predicciones científicas para el 2025 que hizo el año pasado IP & Science, empresa de la agencia de prensa Thomson Reuters. Una de ellas es: «La solar será la principal fuente de energía en el planeta en el 2025».

Este anuncio es tan optimista que parece una broma. El proceso de cambiar un régimen de energía planetario, o hacer la transición de una fuente de energía (la basada en combustibles fósil) a otra (la basada en energía solar), es uno de los más complejos que podría sobrellevar la especie humana.

Estados Unidos es el país donde las energías renovables (solar y de viento) hacen una de las mayores contribuciones al total del consumo, en comparación con la proporción de gases invernadero que el país emite en una escala planetaria (12,10%). Aun así, en el 2014 este tipo de tecnología representó tan sólo el 2,2% del total nacional.

La buena noticia es que ha aumentado a un ritmo veloz. Era 0,1% en el 2000 y 1% en el 2010. No obstante, en un lapso de 10 años son insuperables los obstáculos para que llegue a más de 50%.

Vaclav Smil, investigador de temas ambientales y energéticos, y profesor emérito de la Facultad de Medio Ambiente de la Universidad de Manitoba, ha escrito decenas de libros sobre este tema y se ha referido en muchas ocasiones a la lentitud con que en las sociedades acontecen las transiciones energéticas: la adopción del carbón como la principal fuente de energía, para reemplazar a la madera, o el uso de petróleo para complementar el carbón.

Hace poco, Smil hizo un análisis de las transiciones energéticas durante los últimos 150 años en Estados Unidos, China, Japón, Rusia, el Reino Unido y Francia. Su conclusión es que toma al menos 40 años para que una fuente de energía -en este caso el petróleo crudo- pase de emplearse en un 5% a un 25% en estos países, por no hablar ya de todo el planeta.

En el caso de la energía solar hay varios problemas prácticos que dificultan su adopción como la principal fuente de energía mundial en un lapso de 10 años -o 30, 40 e incluso 60-. Primero, su generación es intermitente porque el sol no brilla de noche. Ninguna tecnología ha podido solucionar esta limitación elemental.

Segundo, el sol brilla con menos intensidad durante el invierno en algunos de los países que consumen la mayoría de la energía en el planeta, como Estados Unidos, China y la Unión Europea.

Pero así estos problemas se hiciesen irrelevantes gracias a revolucionarios inventos durante la próxima década, habría que darse un cambio igual de maravilloso en las tecnologías de almacenamiento y trasmisión de este tipo de energía. Una mejora en la tecnología fotovoltaica debe venir acompañada de un desarrollo igual de innovador en las baterías que almacenan la energía.

E incluso si aparecen todos estos inventos ideales de bajo las mangas de los científicos en sus torres de alabastro, habría que reemplazar la infraestructura energética -en el sentido más amplio y no sólo la red eléctrica- que está diseñada para las otras fuentes de energía, desde los coches hasta las plantas generadoras de electricidad. Es muy compleja una transición de esta magnitud.

¿Cómo llegó una institución respetable a semejante predicción tan risible? Pues a causa de predicciones hechas con un método falaz. Para identificar tecnologías emergentes, IP & Science Thomson Reuters definió los temas sobre los que más citas había en las publicaciones científicas; y para definir cuánto tiempo tardaría para que hubiera una revolución, cuantificó la frecuencia de nuevas patentes. En ningún momento se tomaron en cuenta las limitaciones propias a cada una de las áreas en las que se hacían las profecías.

Al final, ejercicios como éste fomentan una costumbre perjudicial: confiar demasiado en que los milagros de la ciencia solucionarán los problemas más apremiantes del planeta: que la ciencia-ficción, y no la acción, se encargará de salvar a la biósfera («Veo una transición energética solar. Velas verdes, enciende muchas velas verdes»).

Desde el campo político hay mucho que el ciudadano común puede hacer. Presionar a sus líderes, pues gracias a la constancia de la movilización y concientización colectiva se pasó de un fracaso en Kyoto COP3 (1997) a un acuerdo en París COP21 (2015). También puede hacer veeduría a las promesas que se han hecho, para que acuerdos como el recién firmado se cumplan. Y por último, puede leer sobre estos temas y enterarse un poco de sus detalles, para identificar afirmaciones tontas, provengan ellas de IP & Science Thomson Reuters o de algún político que busca votos entre electores ingenuos.


Twitter: @santiagovillach

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