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Mi columna de la semana pasada envejeció rápido y mal. No tanto por lo que decía, sino por el manto trágico que cayó sobre el tema luego de que un conductor de camión arrollara y matara a un ciclista, en un puente a las afueras de Bogotá.
La columna decía, palabras menos, que yo consideraba inadecuado el eliminar carriles enteros de vías arteriales para hacer ciclorrutas, y que estas debían hacerse en las vías secundarias, muchas de las cuales corren paralelas a las arteriales. De esta manera es más improbable aumentar los atascos de tráfico, y no se genera una oposición entre el automóvil y la bicicleta: algo que no es positivo fomentar. Me sostengo en los puntos principales de la columna, que igual son debatibles, pero vuelvo sobre el doloroso contexto en el que ahora ha quedado inscrita esa opinión.
El irrespeto por la vida del ciclista es un problema más grave en nuestra sociedad que si una ciclorruta genera o no trancones, y cuando está en tan baja estima, es necesario insistir mil y mil veces en ese punto: el ciclista es extremadamente frágil y cuidarlo es responsabilidad de quienes conducen toneladas de acero y aluminio rodantes.
Es urgente tomar medidas para proteger al ciclista. Los conductores no conocen cómo un ciclista está protegido por la ley de tránsito, y la policía no hace mucho por cerciorarse que esas salvaguardas de los códigos se respeten.
Se repite mucho que los ciclistas son imprudentes, y en efecto cuando voy en bicicleta a menudo me siento como uno de los pocos tontos que se detiene en los semáforos que están en rojo hasta que vuelvan a ponerse en verde, en lugar de pasárselo si no vienen autos, pero ya se han hecho estudios que han desbancado ese mito: las imprudencias representan una fracción muy pequeña de los motivos por los que hay accidentes con ciclistas.
Además, siempre habrá una enorme asimetría entre los riesgos que corre un ciclista en la vía en comparación a la de un conductor. Si el ciclista es imprudente, al conductor no le cuesta nada frenar, mientras que no frenar le cuesta al ciclista la vida.
La más de las veces, el peligro principal no es la imprudencia del ciclista, sino el desconocimiento por parte del conductor, o que anda distraído. No sabe que un ciclista tiene derecho a ocupar un carril incluso donde no hay ciclorruta, no sabe cuándo el ciclista lleva el paso. No sabe o no le importa. Prima su impaciencia y el resentimiento que con tanta facilidad se acumula cuando se está al volante, hasta que estalla en alguna manifestación de violencia mezquina u homicida, porque las hay de todos los colores. Es decir, la imprudencia del conductor de motorizados es más peligrosa que la imprudencia del ciclista.
Sin embargo, durante esta semana también he visto un lugar común que cada vez me molesta más. La tendencia a asumir que la violencia es una especie de característica predominantemente colombiana, y que, si el conductor de un camión arrolla a un ciclista, es emblemático de una idiosincrasia en la que son cotidianas las masacres y los sicarios. Como si la violencia política, la del narcotráfico y la del tránsito estuvieran unidas por un inmortal hilo de sangre que recorre nuestra cultura desde la Guerra de los Mil Días hasta Nuestros Días.
Estos episodios no son exclusivos de Colombia. Lo mismo sucede en Brasil, Perú, e incluso Estados Unidos y Gran Bretaña. El odio al ciclista en algún momento ha sido una preocupación nacional, o al menos regional, en estos países. No lo digo para que se normalice. Todo lo contrario: para solucionar este problema no hay que sobrellevar una profunda transformación nacional que nos limpie de toda manifestación de violencia. Sería lo ideal, por supuesto, pero más realista y pragmático es asumir que el irrespeto por la vida del ciclista se puede acabar sin que antes, o al mismo tiempo, Colombia deba volverse una nación de paz.
En el Reino Unido algunos observadores han concluido que la aversión al ciclista por parte de los conductores de vehículos tiene dinámicas similares al odio racial. Está basada en la estigmatización y los estereotipos.
Por otra parte, es una actividad que no se toma en serio. A diferencia de lo que sucede en Holanda y Dinamarca, donde la bicicleta es un medio de transporte que está a la par que el automóvil, o al que se le da más importancia, en el Reino Unido se considera un medio de transporte casi frívolo e infantil, que estorba y no debe hacerse en las calles y carreteras.
Esto lleva a la cuestión medular: ¿es hora de reconocer que el odio al ciclista es una modalidad de discriminación a la que debemos darle una importancia central? Al igual que cuando se atacan otro tipo de discriminaciones, luchar contra el anticiclismo tendría que ser una política coordinada entre entidades públicas e instituciones privadas, que combine legislación, educación, difusión de información y concientización, entre otras herramientas.
Proteger al ciclista no se trata de algo tan abstracto como ver si podemos cambiar el país y ser menos violentos. Es un problema que se presenta en otros lugares, seguramente en unos hay soluciones o programas que se pueden adaptar a nuestras circunstancias, y es algo que puede atacarse lo antes posible, porque es inaplazable.
Twitter: @santiagovillach