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Una captura pendiente

Santiago Villa
07 de marzo de 2016 – 09:00 p. m.

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La captura de Santiago Uribe llevaba años pendiente de hacerse.

Erróneamente se ha criticado la decisión de capturar a Santiago Uribe con el argumento de que no pretendía fugarse del país, ni eludir a las autoridades. Lo que parece ausente en estas quejas es que esa evaluación debe hacerla el juez cuando decida si otorga o no libertad al acusado durante el juicio, y en qué condiciones.

El juez será el principal actor del proceso más explosivo en lo que va del siglo. Será un desafío a la independencia de la justicia desarrollar este proceso sin las múltiples interferencias y presiones que habrá, sin duda, por todos los bandos. Al final, sea cual sea el veredicto, la independencia del juez será cuestionada. Será una tarea ingrata y difícil, pero fundamental en el fortalecimiento de la justicia.

Sería lastimoso y una confesión de la bancarrota de la justicia colombiana, que haga falta veeduría internacional para supervisar el proceso. Las organizaciones no gubernamentales que deseen observar el juicio podrán hacerlo dentro de los límites y criterios que impone el orden democrático colombiano, pero la sugerencia de Juan Manuel Santos es una violación de la soberanía e independencia de la rama judicial, por precaria que estas dos sean en la práctica. Habrá un primer veredicto, habrá una apelación y la decisión final la tomará la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, politizando todavía más el proceso. La observación internacional se hará de todas formas, pero no tiene lugar formal dentro del proceso.

Será una prueba de enorme importancia que dejará a muchos insatisfechos. No ha habido ningún personaje con una posición tan influyente que en Colombia haya sido juzgado por vínculos con paramilitares, con la excepción de Mario Uribe, y la Corte Suprema ya no es la misma que condenó al ex senador.

Por supuesto no es una coincidencia que los más controvertidos juicios por paramilitarismo involucren a miembros de la misma familia. Los Uribe son terratenientes que han vivido en carne propia la guerra colombiana de los años noventa como victimarios (me refiero al caso ya juzgado de Mario Uribe) y como víctimas. La historia es conocida. El padre, Alberto Uribe Sierra, murió durante un secuestro de las Farc cuando combatía a tiros en la hacienda Guacharacas con los tres guerrilleros encargados de llevárselo. La misma hacienda donde, según los testimonios, Santiago Uribe formó el grupo paramilitar «Los Doce Apóstoles».

Es precisamente esta característica el motivo por el que la familia Uribe genera una admiración tan pasional entre algunos sectores, y un odio tan intenso en otros. Su historia de secuestro, paramilitarismo y supervivencia en la guerra es la misma de la mayoría de grandes terratenientes colombianos, e incluso empresarios, pues no hay que olvidar el apoyo aún no investigado a fondo de la clase empresarial y bancaria de Colombia a los paramilitares. El avispero apenas se ha insinuado. Si se fuera a alborotar, en la institucionalidad colombiana quizás no quedaría títere con cabeza entre los muchos que tienen rabo de paja cuando se trata de vínculos, apoyo y financiación del paramilitarismo: los primeros que les permitieron a los ricos de Colombia regresar a sus fincas. Los héroes caídos en desgracia de la clase dirigente.

Por eso también a muchos les parece ruin e injusta la captura de Santiago Uribe. Cuando tantos lo estaban haciendo, dicen los ofendidos, cuando todos sabían lo que era pelear contra el secuestro y la extorsión en el campo y en las ciudades; que si no era por los paras a cuántos más no se habrían llevado al monte, y qué fácil es juzgar desde la barrera muchos años más tarde, se quejan ciertas yerbas del pantano. Incluso se elogia a personajes como Santiago Uribe, por no hablar de su hermano Álvaro, el Gran Colombiano. Hombres que le pusieron el pecho a la lucha contra la guerrilla. Dignos hijos de su padre, que prefirió ser abaleado y matar a los guerrilleros que pudiera antes que dejarse llevar al monte. Como dice Rodolfo Arango, no sé si exactamente en estas palabras, pero casi: «Colombia lleva a un paraquito en su corazón».

Los Uribe son la familia política más representativa de una guerra dura, a sangre fría como la ola de asesinatos y desplazamientos que desencadenaron los ejércitos de ultraderecha de las Convivir y el paramilitarismo. Están marcados, finalmente, por otra sombra de la identidad colombiana: el narcotráfico, pues el otro hermano del expresidente Uribe, Jaime Alberto Uribe, tenía una pareja e hija narcotraficantes.


Twitter: @santiagovillach

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