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Hace unos días escuché, porque estaba en altavoz, una conversación telefónica entre una amiga mía y su madre, que es una mujer campesina de la Santander rural profunda. La madre le decía a su hija, una estudiante universitaria becada en China, que no sabía por quién votar.
La hija le dijo que votara por quien quisiera. La madre dijo que no le gustaba ningún candidato presidencial.
“Entonces vote en blanco, mamita”.
Después de un silencio la madre respondió: “Será votar por Duque”.
“¿Por qué Duque?”.
“Porque Uribe acabó con tanto tiroteo que se vivía por aquí”.
Aunque fue Juan Manuel Santos quien le puso punto final a la guerra contra las Farc, en la mentalidad colectiva parece ser Uribe quien lleva el mérito único de haber cerrado este capítulo. Santos, en cambio, le entregó el país a la guerrilla.
Hay que ser ciego o un tanto fanático para no reconocer que, para el final de los ocho años de gobierno Uribe, las Farc fueron debilitadas al punto de aceptar la entrega de armas. Los bombardeos al secretariado y la desmovilización masiva de mandos medios (entre ellos los guerrilleros que ayudaron a montar la Operación Jaque para entregar a Ingrid Betancourt y los secuestrados más valiosos de las Farc), fue el punto de inflexión de la guerra. Llevó a las Farc a las mesas de negociación; y ahora a diez curules en el Congreso y a la irrelevancia electoral.
Familias campesinas como la de mi amiga, y miles de familias urbanas, agradecen a Uribe por su política de seguridad democrática. Por eso votan una y otra vez por él. No es sólo el temor a Gustavo Petro lo que impulsa a los candidatos uribistas. No olvidemos que Óscar Iván Zuluaga ganó la primera vuelta en las elecciones de 2014 y por poco gana la segunda. Su contendor era Santos, difícilmente un candidato de izquierdas.
Quien no entienda eso jamás comprenderá el motivo por el que Uribe es inmensamente popular. Tendrá la elitista opinión de que poco más del cincuenta por ciento de la Colombia que vota es idiota y masoquista.
Aunque Iván Duque es muy buen comunicador y está claro que no es ningún tonto, no se habría sostenido cinco minutos en una contienda electoral si tras él no hubiese estado el respaldo de Álvaro Uribe. A diferencia de Emmanuel Macron, que es como Iván Duque pretende presentarse, Duque no tiene independencia. Es Uribito 3.
Tendrá retos de seguridad muy difíciles, pero por fortuna no tan duros como los de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. El gran reto es mantener una paz frágil, sustentada sobre la debilidad militar del Eln y las bandas criminales que se desprendieron de las Farc. Toda esta atomización de las grandes estructuras narcotraficantes, sin embargo, va a desencadenar una larga ola de violencia en las regiones cocaleras y rutas de la cocaína.
El Eln querrá aprovechar una negociación que Duque probablemente cortará pronto, para fortalecerse en el terreno de la guerra y ocupar los espacios que antes eran de las Farc. Las disidencias de las Farc se fortalecerán con el narcotráfico y las bandas criminales, que son las disidencias de los paramilitares, seguirán tratando de ampliar su accionar.
La paz de Santos fue, finalmente, más que paz, una oportunidad para llegar a ella: un respiro para que el Estado entrara a ocupar los espacios que antes ocupaba la guerrilla. La oportunidad está pasando. La criminalidad, aparentemente, ya está operando allí y se fortalece.
Si el Eln crece y acude al secuestro para financiarse, viviremos casi una repetición de la historia que se dio con las Farc. En ese caso el modelo de presidencia Uribe nunca perderá vigencia y atractivo.
Tendremos Uribe para siempre.
Twitter: @santiagovillach