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De migrantes y desplazados

Saúl Franco
02 de junio de 2015 – 11:00 p. m.

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Migrar es simplemente trasladarse del lugar donde uno vive a otro.

Es tan natural que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 lo consagra como tal en su artículo 13. Y no sólo migramos los humanos. Las aves, las ballenas y muchos otros animales son migrantes por razones casi obvias de sobrevivencia.

Pero una cosa es migrar cómoda y voluntariamente, y otra cosa es tener que salir de su lugar de origen, contra su voluntad, súbitamente y en pésimas condiciones, forzado por el hambre, la miseria, la persecución o las guerras. Esta otra cosa es justamente el desplazamiento o la migración forzosa. Algunos las confunden a propósito, tal como lo hizo el 29 de julio de 2008 en Washington el entonces asesor presidencial y hoy senador del partido Centro Democrático, José Obdulio Gaviria. Dijo textualmente: “Nosotros no tenemos desplazados, tenemos migración”.

Tanto las migraciones opcionales como el desplazamiento forzoso son fenómenos en expansión acelerada. Según la Organización Internacional para las Migraciones -OIM -, entre 1960 y 2010 el total de migrantes en el mundo se triplicó, al pasar de 76 millones a 214 millones. El 8% de ese total, es decir: 17 millones de personas, tiene el carácter de refugiados. Y según estimativos de la misma OIM, para el 2.050 habrá más de 400 millones de migrantes en el mundo.

Lo que en términos de migración es un drama humano, es una tragedia inhumana en términos de desplazamiento forzoso. Dos ejemplos actuales lo demuestran. En lo que va de este año, más de 2.000 personas, la inmensa mayoría africanas, han muerto en el Mediterráneo en su intento desesperado y fallido por llegar a Europa huyendo de la miseria y las guerras. El año pasado los muertos fueron 3.500, y el problema tiene una larga historia. La crueldad del hacinamiento, la insalubridad y la inseguridad de las embarcaciones, la violencia por parte de los traficantes, y el desinterés colectivo, han llegado a niveles infrahumanos. Hasta el punto de que el Papa Francisco, al empezar su mandato, denunció en su intervención en la isla de Lampedusa, Italia, uno de los puntos de llegada de los desplazados africanos y del sudeste asiático, “la globalización de la indiferencia… que nos ha quitado la capacidad de llorar”.

El otro ejemplo no tenemos que buscarlo afuera. Lo tenemos dentro de casa. Según cifras de Codhes, respaldadas por el Consejo Noruego para los Refugiados, en Colombia hay 5.7 millones de desplazados. Esto significa que Colombia tiene más del 10% del total de los 51 millones desplazados que según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados – Acnur – hay en todo el mundo. El desplazamiento interno colombiano sólo es superado por el de Siria, en donde ya hay más de 6.5 millones de desplazados y 3 millones de refugiados en los países vecinos. Pero no es sólo una competencia de cifras. Es la masiva negación de los mínimos derechos de las poblaciones desplazadas, la exclusión social de que son víctimas y el progresivo acostumbramiento de la sociedad a su tragedia.

No se puede confundir malintencionadamente la migración voluntaria con el desplazamiento forzado. Ni se pueden seguir ignorando las raíces comunes y casi universales de los desplazamientos. Ni Europa puede seguir alimentando la xenofobia y viviendo de espaldas a la tragedia que sigue navegando por el Mediterráneo, y en cuyos orígenes tiene bastante responsabilidad. Ni en Colombia se puede seguir convirtiendo a los desplazados en nuevo botín electoral, o aplazando el abordaje efectivo del problema hasta la firma de los acuerdos negociados. Aquí y afuera hay que revertir cuanto antes la indiferencia globalizada.

Saúl Franco
Médico social.
Bogotá, 2 de junio de 2015.

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