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Lo que nos faltaba: más linchamientos

Saúl Franco
22 de marzo de 2016 – 09:00 p. m.

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Era esperable, pero es censurable. Y en contravía.

La degradación de las violencias, la inoperancia de la justicia con su secuela de impunidad, y la proliferación de delitos que atentan contra las personas e indignan al colectivo, tarde o temprano nos iban a llevar a un incremento de esta modalidad de justicia por mano propia, grupal y sin fórmula de juicio.

Muy desde el comienzo de mis estudios sobre la violencia en América Latina, había observado y llamado la atención sobre la baja frecuencia de linchamientos en Colombia, en relación a lo registrado en países como Honduras, Guatemala, Bolivia y Perú, o en los Estados Unidos hasta la década del sesenta del siglo pasado. Pero ahora tanto los registros periodísticos nacionales como algunos estudios específicos van mostrando que los linchamientos han dejado de ser ocasionales y se van convirtiendo en un recurso frecuente.

Un caso reciente ilustra algunas de las principales características de esta modalidad de violencia colectiva. El pasado 6 de marzo, en el municipio de Montecristo, Bolívar, un soldado, al parecer en estado de embriaguez, mató con su arma de dotación a dos adultos y una niña de 12 años, e hirió a 4 personas más. Un grupo exaltado de gente lo retuvo e hirió de gravedad y, a pesar de estar vigilado, terminó por producirle la muerte a golpes dentro del hospital local. Acción violenta contra uno o varios integrantes de la población, reacción grupal emocional e inmediata, ausencia de respuesta estatal oportuna y efectiva, y ejecución sin proceso legal del agresor real o presunto, constituyen el perfil de los linchamientos desde cuando se configuraron como tales, bien sea en el siglo XV con la historia del alcalde irlandés James Lynch, o a finales del siglo XVIII con lo dispuesto en los Estados Unidos por el juez Charles Lynch.

Según una encuesta reciente, la mayor parte de la población rechaza esta forma de respuesta colectiva en América Latina. En Colombia, por ejemplo, menos del 30% dijo estar de acuerdo con el linchamiento. Pero en la práctica se va generalizando una mezcla de indiferencia-complicidad que le confiere un aire de legitimidad y le da un cierto margen de tolerancia. Que sólo en Bogotá se haya registrado un linchamiento cada tres días entre 2014 y 2015, según un estudio de la Facultad de sociología de la Universidad Nacional, saca el tema de lo ocasional y lo coloca en el campo de las preocupaciones y tareas sociales.

El mejor caldo de cultivo para este intento de justicia por mano propia colectiva lo constituye la ausencia estatal, la ineficacia del sistema y los mecanismos de justicias y la consiguiente impunidad. Pero no es el único. Las intolerancias religiosas, políticas, de género o étnicas lo han atizado históricamente. En Estados Unidos, por ejemplo, los linchamientos fueron 2.7 veces más frecuentes contra población negra que contra los blancos entre 1882 y 1968. En nuestro caso, hay que sumarle a todo lo anterior una historia de más de medio siglo de guerra interna, con su lógica de pretender imponerse mediante la eliminación del contrario y la creación de un clima permanente de inseguridad. Y la expansión en las últimas décadas del paramilitarismo, como forma de tratar de sustituir la fuerza del Estado o apoyarla paralela e ilegalmente, terminó por darle piso racional y estimular emocional e instrumentalmente los linchamientos.

Si la paz es una apuesta civilizadora en el sentido de la vigencia de un Estado garante de derechos, de la tranquilidad por la vigencia de la justicia, y de la tolerancia (de las diferencias, no de las inequidades, por supuesto), el linchamiento es de signo totalmente contrario. Quitarle piso, motivos y justificación a los linchamientos es entonces otra tarea necesaria para la construcción de una sociedad en paz.

Saúl Franco
Médico social
 

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