Más allá del terror y la perfidia

Saúl Franco
14 de marzo de 2017 – 09:00 p. m.

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Nos vamos volviendo insensibles a ciertas atrocidades. Y no vemos, o no queremos ver, o no nos dejan ver y valorar adecuadamente algunos acontecimientos graves y muy significativos. Es el caso del ataque el pasado miércoles 8 de marzo al hospital militar de Kabul por un comando del Estado Islámico —EI—. Cuatro de sus militantes, disfrazados de médicos y armados con granadas de mano y fusiles de asalto AK-47, asesinaron dentro del hospital a 49 personas entre médicos, enfermeros y pacientes, y dejaron casi un centenar de heridos.

La celebración del Día Internacional de la Mujer, la remontada 6-1 del Barcelona FC sobre el Paris Saint-Germain en la Liga de Campeones de Europa, los nubarrones del escándalo de la multinacional Odebrecht y la bochornosa sesión del parlamento colombiano tratando de aprobar la Justicia Especial para la Paz hicieron que ese día se nos volviera invisible e insensible este acto de perfidia y terror.

Como todo acto terrorista, éste conlleva una mezcla de osadía y cobardía, de fuerza e impotencia, de selectividad del blanco e indiscriminación de las víctimas potenciales. Tuvo enormes costos en vidas humanas, heridos y lesionados, dolor en los familiares de las víctimas e intranquilidad en todo el entorno. Provocó diversas reacciones, desde el reconocimiento por parte de los perpetradores, hasta el rechazo sentido o diplomático de Estados y organizaciones como la ONU, la OTAN, Irán, Rusia y Médicos Sin Fronteras —MSF—. Y, más allá de las reacciones inmediatas y explícitas, fomentó el clima global de rechazo, indignación, impotencia e incertidumbre.

No es el primer ataque contra un hospital en Afganistán, en medio del fuego cruzado entre fuerzas gubernamentales, de los Estados Unidos y la OTAN, contra los talibanes y el EI. En junio de 2011 la explosión de un carro bomba produjo 38 muertos, principalmente mujeres y niños del pabellón de maternidad de un hospital, a 75 kilómetros de Kabul.

Pero el precedente más grave fue el bombardeo al hospital de MSF, en la ciudad de Kunduz, el viernes 30 de octubre de 2015. Durante 25 minutos un avión militar AC-130 de las fuerzas de los Estados Unidos descargó sobre él 211 proyectiles, produciendo la muerte de al menos 30 civiles, a pesar de que el comando disponía de las coordenadas exactas del hospital y del llamado desesperado del personal de MSF. Tanto el comandante operativo como la investigación interna —no se permitió la investigación independiente solicitada por la directora general de MSF—  calificaron el hecho como “un error humano evitable”. El presidente afgano lo consideró “una dolorosa demostración del costo de la guerra”. Y MSF, víctima del ataque, se atrevió a llamarlo por su nombre: “fue un crimen de guerra”.

Justo para evitar estos errores humanos, dolorosas demostraciones de los costos de la guerra, o crímenes de guerra, la humanidad viene tratando, desde las sangrientas Cruzadas de los siglos XII y XIII, de poner límites humanitarios a las guerras, protegiendo a los heridos, enfermos y prisioneros de guerra, a la población no combatiente y a los servicios esenciales. Algo se ha logrado con los convenios de Ginebra de 1864 y 1949, y con los dos protocolos adicionales de 1977, que conforman lo que hoy llamamos el Derecho Internacional Humanitario —DIH—, reconocido como parte de los Derechos Humanos.

La mayor fortaleza del DIH es su irrefutable fundamentación ética. Pero su mayor debilidad es jurídica, pues su reconocimiento y eventual sanción son muy débiles en medio de la realidad de las guerras y las confrontaciones entre Estados, grupos y organizaciones.

Más allá del terror y la perfidia, actos como los aquí señalados están indicando la urgencia de hacer valer en serio el DIH ya construido, o de llegar cuanto antes a nuevos acuerdos humanitarios para poner límites a las guerras y confrontaciones nacionales o internacionales, que valgan para todos, en todas partes y en cualquier circunstancia.

*Médico social.

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