Ser padre ayer, hoy y mañana

Saúl Franco
11 de julio de 2017 – 09:00 p. m.

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La paternidad es mucho más que engendrar hijos. O que aportar económicamente a su manutención. Implica un complejo conjunto de valores, actitudes, tareas y responsabilidades que duran toda la vida y tienen enormes impactos en el padre, la pareja, los hijos/as y la sociedad. Como se calcula que el 80 % de los hombres nos convertimos en padres en algún momento de la vida, la paternidad es entonces un acontecimiento social permanente y trascendente. 

Se ha entendido y ejercido de manera muy distinta la paternidad en las diferentes épocas y culturas. Y recientemente se han producido cambios de fondo. Basta comparar lo sucedido en las últimas tres o cuatro generaciones para observar la magnitud y el sentido de los cambios. Creo sinceramente que fui mejor padre que mis abuelos. Pero, por suerte, veo que mi hijo —ya padre—, mis sobrinos y toda su generación son mejores padres que yo y los de la mía. Los veo mucho más participativos en las tareas del hogar, más aplicados desde la gestación al cuidado de los hijos y el bienestar de su compañera, y más dedicados a la cotidianidad doméstica.  

Sin embargo, el cambio —positivo en general— ha sido mucho más lento de lo deseable. La persistencia del machismo que ha asignado roles sociales desventajosos a las mujeres en relación con los hombres; las consiguientes inequidades educativas, laborales y salariales en contra de las mujeres; la asignación de las labores y el espacio domésticos a las mujeres y de los públicos a los hombres, y las relaciones desiguales de poder explican tanto las raíces más profundas de la concepción y las prácticas de la paternidad/maternidad, como la lentitud en los cambios.

Un informe publicado recientemente por un conjunto de organizaciones que trabajan a nivel internacional por la paternidad equitativa, titulado “Estado de la paternidad en América Latina y el Caribe —ALC—”, hace una interesante radiografía del problema y presenta una serie de propuestas para acelerar los cambios necesarios.

Dice el informe, por ejemplo, que en ALC todavía las mujeres se ocupan, según los países, entre dos y diez veces más que los hombres en las labores domésticas. Que las mujeres trabajan semanalmente entre seis y 23 horas más que los hombres, si se suman el trabajo remunerado y el no remunerado. Que a dos de cada tres hombres les gustaría trabajar menos para poder dedicarse más a sus hijos. Que la paternidad participativa y comprometida impacta favorablemente la salud y el desarrollo físico, cognitivo y psico-emocional de los niños/as. Y que ya hay a nivel mundial suficientes investigaciones para concluir que los padres que participan más en las labores domésticas y la crianza de los hijos/as viven más años, tienen mejor salud física y mental, son menos propensos al consumo de alcohol y drogas, más productivos en el trabajo y más felices.

La superación del machismo en todas sus formas, sobre todo en los hombres, pero también en algunas mujeres, es una de las principales tareas para lograr el pleno ejercicio de la paternidad. Pero no basta. Se requieren también cambios profundos en equidad de género, en la reducción de las brechas salariales y políticas en contra de las mujeres, en la implementación de licencias de paternidad adecuadas —hoy en Colombia sólo se dan entre cuatro y ocho días al hombre en función de las cotizaciones al sistema de salud—, y en el reconocimiento y la inclusión social de las familias diversas.

Desde el campo de la salud pública, es necesario involucrar mucho más a los hombres en el cuidado de la salud: la propia, la de sus hijos, su compañera y su familia. La promoción de la paternidad participativa y comprometida tiene efectos positivos no sólo en la familia, sino también en el bienestar colectivo, en la reducción de la violencia y en la fundamentación de valores de inclusión, tolerancia e igualdad. Por ahí debe seguir encaminándose la paternidad del presente y del futuro.

* Médico social.

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