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La historia también es Historia. Es decir: el relato histórico hace parte de los procesos, las construcciones y las luchas de la sociedad.
Por eso no hay una única historia, ni ninguna historia es acabada. Siempre la historia está sucediendo y se está construyendo. Y al mismo tiempo, sin historia – como memoria viva – los acontecimientos van perdiendo sentido y significado.
El reciente lanzamiento del tomo III de la Historia de la Medicina en Colombia no es sólo una excelente noticia para este país con Alzheimer colectivo, sino también una demostración concreta y estimulante de vitalidad intelectual y del rico patrimonio nacional en las prácticas, las luchas y los conocimientos relacionados con la enfermedad, la salud, la vida y la muerte.
Mientras los cinco tomos que componen el ambicioso proyecto pretenden dar cuenta de quinientos años de tensiones-desarrollos y avances en el amplio campo de la medicina en Colombia, este tercer tomo se focaliza en el corto pero intenso período – 1865 a 1918 – en el cual se fueron perfilando un saber y un conjunto de prácticas con pretensiones científicas y un ejercicio profesional de corte liberal. El líder del grupo y coordinador del tomo III, el reconocido historiador y médico pediatra Emilio Quevedo V. ha expresado con claridad los alcances de la obra. Más que una historia de la medicina en Colombia, el grupo está intentando reconstruir una historia de Colombia desde la medicina. Un objetivo poco modesto, pero tan deseable como cargado de energía transformadora.
Habría muchos aspectos para destacar tanto de la riqueza documental, como del rigor investigativo, la pluralidad de voces y la preferencia por el complejo tejido de los acontecimientos, en lugar de la fácil exaltación de los personajes o la condescendencia con los poderes momentáneamente triunfantes. Por cuestiones de espacio quiero apenas enunciar dos de ellos. El cuidadoso manejo de lo central y lo regional, y la complementariedad discurso-imágenes.
La composición misma del calificado núcleo de investigadores y de los equipos regionales es garantía de la diversidad regional y del aporte sustantivo de las provincias al entramado histórico de la medicina en el país. No es una historia cachaca de la medicina en Colombia. No. Tienen presencia protagónica las especificidades, las tensiones y los aportes del Cauca y de Antioquia, de Boyacá y de la costa Caribe. Y lo segundo: la historia no se cuenta sólo con palabras. La rica selección de fotografías, diagramas, mapas, pinturas y facsímiles es otro acierto de la obra y otro aporte facilitador a la comprensión de los complejos temas tratados. Las fotografías de los médicos y leprosos de Agua de Dios, o de la clase de anatomía en Medellín, o del microscopio del siglo XIX que sirve de carátula al tomo en mención, condensan más contexto y contenido que muchísimas palabras. Y en esto, como en la concepción, edición y distribución de la obra, merece reconocimiento Tecnoquímicas, la empresa farmacéutica nacional que ha hecho financieramente posible este aporte a la ciencia y al país.
Como enuncié al principio, ninguna historia es completa ni acabada. Esta historia de la Medicina en Colombia nos coloca muy arriba en este tipo de tareas y abordajes en el escenario mundial. Ya tenemos en las manos los tres primeros tomos, el cuarto está en imprenta, y el quinto y último está muy avanzado. Claro está que se requerirán otras voces, otras fuentes, otros temas y otros tiempos. Pero el logro ya es cierto y meritorio: una historia muy bien pensada, contada y presentada. Y el camino sigue abierto.
Saúl Franco,
Médico social.
Bogotá, 19 de mayo de 2015.