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Todo apunta a que volveremos a la calle este 21 de enero. Confieso que el final del 2019 con sus últimas marchas y su mesa de conversación me dejó un sentimiento que aún sigo rumiando y todavía no digiero del todo; uno entre dulce y amargo. Tiene que ver más o menos con haber creído que Colombia pareció despertar y dar unos pasos hacia un nuevo tiempo, todavía muy rudimentario, una revolución amateur y pequeña, pero precursora de definiciones hondas entre un corto y un mediano plazo, y que al final este envión inicial se diluyó en el vacío o en un experimento que pinta para frustración.
Desde un año atrás el optimismo se volvió una opción: los estudiantes arrinconaron a Duque al cierre del 2018 y le exigieron cosas concretas para la educación pública; hubo un referendo anticorrupción que se armó sin dinero ni máquinas y se abortó por un margen ínfimo; se citó a paro en noviembre 21 y salimos millones, con la gran novedad de que la mayoría era gente joven y universitaria, no sindicalistas ni dolientes de intereses gremiales. Esas marchas multitudinarias consiguieron salvar las emboscadas de los siempre enigmáticos vándalos y antisociales y la campaña de pánicos por esa “conspiración internacional” que se cernía sobre Colombia y sobre Bogotá; quedó muy claro el mensaje de que, aun con bloqueos y vicisitudes para el día a día de muchas personas, la intención de las protestas era gentil y pacífica, y que la agresión provenía del establecimiento en la figura del Esmad, que le robó la vida a Dilan Cruz y un ojo a Esteban Mosquera; el primero de 17 años, el segundo de 25. Dos simples muchachos. Y la ultraderecha reaccionó vacilante con eslóganes tan tristes como ese de “yo no marcho, yo produzco”.
Luego vinieron los tambores en la calle 85, en el Parque de la 93, el cacerolazo sinfónico en el Parque de los Hippies, una reina de las de Cartagena apoyando el paro, la Iglesia haciendo lo mismo y Adriana Lucía llamando a la resistencia con música. El arte y la cultura comprometidos de frente con ese momento que se sugería histórico. Hasta hubo debates alrededor, y debaticos como el de Marbelle, iracunda porque el arte no es resistencia. “Solo es arte y punto”, escribió para luego responder algo todavía más inquietante a Diego Mateus, que la cuestionó en Twitter pidiéndole que leyera más libros: “Trabajo cantando desde los cinco años, por eso no tuve tiempo para leer todo lo que usted, por no haber tenido talento, sí ha tenido que leer”. En otras palabras, leer para ella es inversamente proporcional al talento.
Con todo, fue un tiempo especial este fin de año, un tiempo para la ilusión, inclusive con Uribe medio escondido, y en silencio por decisión de Twitter, pero sobre todo callado ante la apabullante demostración juvenil en su contra, en cada esquina, en cada cuadra, en cada plaza, hasta con el himno de los partisanos adaptado para decirle ciao a él y a su testaferro en el Gobierno; y este último llamó a dialogar, a sentarse a la mesa.
Pero todo empezó a languidecer apenas los muchachos salieron de exámenes, supieron sus notas finales y se instaló la Navidad. Para el 10 de diciembre ya fue evidente que la resistencia se declaró en vacaciones, y varios sentimos que “Colombia no despertó… solo se levantó, hizo chichí y volvió a dormir” (esa magistral frase la copié del muro de Laura Martínez, a quien no conozco, pero a quien me gustaría conocer).
Pero de ahí no proviene el sabor agridulce, porque el optimismo sigue vigente y la certeza de que vienen varios años de agitación en aumento por una nueva conciencia de que solo hay que temerle al miedo y al acostumbramiento y por un empuje generacional que, por ahora, muestra más ganas que opciones. El verdadero desencanto de este diciembre, o al menos el sentimiento de que algo se nos enredó y el subpresidente Duque ganó tiempo y espacio, y sobre todo aire, es que se instaló una mesa pero con los mismos viejos zorros de los sindicatos y sin representación real y efectiva de la gente que hizo masivas las marchas y les dio trascendencia a los paros: muchos jóvenes, artistas, intelectuales, clases medias saturadas de corrupción y cargas tributarias.
Lo que vino era previsible: el acta de 13 temas originales para sentarse a discutir terminó convertida en 104 puntos, algunos tan improcedentes, otros tan ajenos, otros tan inoportunos y hasta oportunistas, que dialogar y acordar puede tomar más tiempo que el proceso de paz de La Habana, para finalmente terminar en nada o en la conquista de nimiedades, que es casi lo mismo.
Es que yo no salí a la calle a protestar para que por ley los artistas nacionales canten en todos los conciertos públicos, ni para que Ecopetrol sea solo estatal, ni para que se destine más plata a la investigación del sida, ni para que Colombia se retire de la OCDE, ni contra la violencia obstétrica (¿qué será la violencia obstétrica?), ni para que el Estado garantice la protección a las semillas propias y nativas y pague por la reposición de cada camión viejo que se chatarriza, ni para que desaparezca el Esmad, aunque sí para que se le prohíba usar dispositivos letales…
Yo marché porque creo en la paz y no admito más ataques contra ella, contra la JEP o los líderes sociales; porque no quiero más bombardeos sobre niños inermes, o armados por la brutalidad de una guerrilla disidente y de un Estado que no los protegió; porque no soporto más la burla rampante de los corruptos que pasan felices en casa los días que debieron pagar en la cárcel, o que le apuestan al vencimiento de términos; porque creo que la educación pública tiene que ser excelente, y que los futuros ministros no deben ser egresados solo de los Andes y la Javeriana; porque estoy convencido de que los falsos positivos son un genocidio y no veo a nadie respondiendo por ello…
Qué enorme desperdicio de energía y de ilusión hacernos marchar, ponernos a gritar, a ondear banderas, a sonar los pitos, solo para discutir, por quién sabe cuántas semanas, si Colombia debe proteger sus semillas. Qué oportunidad fallida de iniciar los debates concretos, asumir los compromisos reales y las acciones inmediatas para que, por ejemplo, no haya más líderes e indígenas asesinados, y se restituya la plata que se gastaron en putas y trago los directivos de la Universidad Distrital, y se los condene a cien años de aislamiento máximo.
Volveremos a la calle el 21, pero incluso yo quiero volver para protestar contra esa mesa de conversación que va a terminar diluyendo como azúcar en una limonada amarga lo que de veras es imprescindible, importante y urgente.