¿El autoboicot del feminismo?

Sergio Ocampo Madrid
24 de septiembre de 2018 – 12:30 a. m.

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Hace unos meses, en un post de Facebook escribí sobre cómo Uribe se sentía moralmente impedido para seguir en el Senado tras la apertura de investigación por la Corte Suprema, pero no se sintió igual en su segundo gobierno a pesar de que esa misma Corte, con otros magistrados, le comprobó que su reelección nació de un hecho fraudulento. “Por eso terminaron en la cárcel sus ministros Pretelt y Palacio, y hasta la gordita Yidis”, dije yo.

Uribe finalmente no renunció, y a mí alguien me jaló las orejas en público por hablar de “la gordita”; por referirme a ella así, solo por ser mujer, aunque los otros dos también fueran panzones. Tuve que corregir y reconocer que a todos, a todos todos, inclusive a los que nos declaramos feministas de doctrina, se nos sale el macho huevón, el de los chistes subvalorativos, el del doble discurso. Qué vaina.

Los hombres seguimos manejando ese doble discurso en el inconsciente, pero eso está sobrediagnosticado. De lo que se habla poco, o mucho menos, es del doble discurso, de las mujeres hacia sí mismas. Es un tema más o menos vetado, y da cierto miedo referirse a él, y más en estos tiempos de ajusticiamiento público en el mundo virtual.

Lo uno y lo otro me quedó martillando hace dos años y medio cuando la presión en las redes exigió la salida de Jorge Armando Otálora, defensor del Pueblo, por acosador sexual de Astrid Cristancho, su asistente. Abominable eso de aprovechar una situación dominante, o el miedo a perder un trabajo, o el deslumbramiento ante el poder, para obtener favores sexuales. Y el muy “cínico” se defendió diciendo que era su novia. Y ella lo negó.

Hace cuatro meses, la Corte Suprema sentenció que sí, que entre ambos había una relación sentimental. Eran novios; lo fueron por más de un año, aunque Astrid sigue diciendo que no; para la Corte, entonces las fotos lascivas de él a ella eran parte de los estatutos que manejaban como pareja. Sí, mal hecho de Otálora enredarse con un subalterno, pero eso no es un delito.

De todos modos, desde las columnas, desde las redes, lo lapidamos y lo hicimos salir. Lo linchamos de modo virtual y el tipo era culpable pero de violar un código ético, y de comportarse como un adolescente al poner en el ciberespacio inseguro, custodiado por mil ojos anónimos, fotos de su pipí. Un alto agente del Estado comportándose como un adolescente en celo; pero eso tampoco es delito.

Me volvió a rondar la cabeza ahora con el escándalo en el que Eileen Moreno fue matoneada por su novio Alejandro García. Y me quedó rondando, porque no concibo que un hombre pueda perder de tal modo el autocontrol hasta terminar enviando a una mujer al hospital. Entonces aparecieron los audios en los que ella evidentemente lo provocó, lo humilló, lo maltrató (no sé si lo golpeó, pero es probable). Nada de eso justifica las lesiones personales con que terminó Eileen, y que esto quede clarísimo, ni creo que tampoco pueda hablarse de legítima defensa, como dijo él, pero sí debería posibilitar la apertura de un debate franco, sincero, sobre ese doble discurso de tantas mujeres de comportarse como el macho más troglodita, el más vulgar y pendenciero, el más agresivo, y luego ante la respuesta, casi siempre brutal y desmesurada del hombre, clamar por su condición de víctimas ante el abuso masculino. Y apelar a las redes para que, antes de que la justicia opere, haya una sanción tumultuaria y contundente. Una que, además, será irreversible e irreparable, así todos los tribunales terminen conceptuando que no hubo culpa o que si la hubo, tuvo atenuantes.

Ese discurso del Ni una más, que comparto, ha tenido un enorme valor para interferir, desvirtuar, oponerse a esos atavismos culturales de cinco o más milenios, de que la mujer le pertenece al hombre, de que el esposo puede arrogarse el derecho al castigo físico de la esposa; de que esta le debe sumisión al marido, como escribió Pablo en sus epístolas. Es necesario recabar todos los días en eso porque aún falta demasiado para llegar a una equidad honesta y real, una que no le deje resquicios al prejuicio y la subvaloración ni en el inconsciente.

Yo veo que, además de la resistencia masculina a los cambios, lo que más perjudica ese objetivo, lo que también lo boicotea, es justamente el doble discurso de la mujer sobre sí misma. La mujer que aprovecha su condición femenina para lograr beneficios y luego se declara acosada; la mujer que se permite caer en la violencia física y luego se proclama víctima de ella. La que se queja de que su liberalidad sexual sea mirada con recelo, pero que utiliza ese mismo argumento para descalificar a otra.

Una mujer que se encara a sí misma como un sujeto de derechos, de igualdad de condiciones y oportunidades, que se reivindica sobre su solvencia intelectual, su independencia afectiva, que se valida a sí misma como muy competente, no necesita victimizarse como mujer ante el acoso o la violencia sino como un ser humano vulnerado en su dignidad, en su psiquis y en su organismo.

No sé si Alejandro García termine siendo inocente; lo veo casi imposible ante la evidencia de las lesiones físicas en la cara de Eileen. De todos modos, ya él fue condenado por las redes sociales; y esas no tienen apelaciones ni segundas instancias.

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