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Por esas eventualidades de la vida, conocí en dos instantes diferentes y en circunstancias muy distintas a Nancy Patricia Gutiérrez y a Francisco Barbosa, dos alfiles en este vacilante y extraño gobierno que preside Iván Duque.
Por ambos llegué a experimentar real admiración en su momento y ese sentimiento cálido que produce encontrarse con alguien convencido de sus sueños, de su causa, una buena causa, y con ganas de participar, de empujar para sacar algo adelante. Y contribuir a que el horizonte sea menos opaco y la realidad menos brutal. Nunca fueron mis amigos porque las circunstancias no se dieron, pero confieso que me hubiera gustado estar en el círculo de afectos de él, no por el fabuloso poder que hoy detenta, sino porque sinceramente me parecía un hombre muy cabal, de esos que vale la pena atesorar.
A ella la conocí en 1988, cuando yo apenas empezaba a ser cronista y era un redactor político de El Tiempo que llegaba a Agua de Dios (Cundinamarca) a hacer una nota sobre cómo le estaba yendo a la primera alcaldesa elegida por voto popular. Tenía 25 años, como yo, y la recuerdo muy bella bajo esa luz atosigante del alto Magdalena; morocha, menuda, inteligente, y firme al hablar de todo lo que quería para ese municipio enredado en el imaginario nacional como un pueblo de leprosos, por el antiguo lazareto fundado allí en 1870.
Recuerdo que me impresionó, y emocionó, su convicción de estar haciendo algo importante y grande. La volví a ver 11 años después, cuando alguien de buena fe recomendó mi nombre para ser jefe de información de la Cámara de Representantes, que ella presidía como primera mujer en la historia. No existía el menor riesgo de que yo aceptara un cargo así, por más varado que estuviera, pero por cortesía había que acudir y decir que no; no, gracias. Estuve no más de media hora, tuve que decirle doctora “Gutiérrez” y salí con la triste sensación de que ya no quedaba nada de la chica excepcional y transparente, que se había vuelto un animal político, y eso en el caso colombiano representa una fauna aterradora.
Luego se hizo aun más importante como presidenta del Congreso, terminó enredada en unas investigaciones por presunta relación con grupos paramilitares y con casa por cárcel por supuesto tráfico de influencias. De todas salió libre por no encontrarle pruebas ciertas. El año pasado, ya como ministra del Interior de este gobierno, dejó la sensación muy turbia de que ella fue determinante en el hundimiento de la ley anticorrupción, por un extraño, y ridículo, desorden en su despacho sobre quién debía ser el responsable de la conciliación de ese proyecto entre Cámara y Senado, a última hora, el último día. Y se acabó el tiempo. La recuerdo en la radio diciendo: “no me acuerdo del nombre de ese funcionario”.
Hace dos semanas, salió sin inmutarse a afirmar que el proceso de paz era “semifallido”, lo cual puede ser cierto, pero no por las Farc sino por el Gobierno en el cual ella era la ministra de la política. Y habló también de la polarización que recibió este pobre presidente, obviamente sin decir que esa polarización la atizó su grupo hasta niveles delirantes en los ocho años del Gobierno anterior.
Con Barbosa la historia es más reciente. Y más cercana. Lo conocí hace nueve años en la universidad donde éramos profesores, y desde la primera vez que lo vi, siempre con libros bajo el brazo, siempre con esa actitud desprevenida y apacible, sentí que hicimos clic; ese clic que dan las afinidades de lecturas, de autores, de visiones de la vida, pero también las convicciones y las preocupaciones por el mundo y sus miserias. Tomamos café una que otra vez, leyó un par de mis libros, uno de cuentos y una novela; los comentamos; me enviaba al Whatsapp sus columnas sesudas y lúcidas, yo le enviaba las mías, no tan buenas como las de él. Estuve en el lanzamiento de su libro sobre la paz, en la Lerner, y confirmé que era un gran tipo: un humanista, brillante, culto, sensible, honesto. Siempre quedó postergada la ida a su nueva casa en La Calera para ver su biblioteca.
Quería ser magistrado de la JEP porque decía que ahí estaba el corazón del proceso de paz, que allí se necesitaba gente buena y convencida, y que el uribismo iba a hacer todo por dañar ese tribunal. No lo consiguió y en su momento consideré que la JEP había perdido a un gran jurista y a un escudero de la paz.
El 11 de marzo de 2018 recibí en mi wp su columna en El Tiempo, en la que hablaba de la gran experiencia que tenía el candidato Duque, además de su impresionante formación académica. Incluía los estudios en Harvard que luego supimos fueron unos cursos de cinco días. Me desconcertó, y le escribí: “Uff, Francisco, te perdimos para siempre”. Fue la última vez que tuve contacto con él.
Lo que sigue ya todo el mundo lo conoce: entró al gobierno, con lo cual era inevitable no quedar inscrito de frente en el uribismo. Empezó a bajarle el tono a las muertes de líderes sociales y a lanzar dardos a la JEP, hasta llegar a proponer que debería ser parte de la justicia ordinaria. Hoy es el nuevo fiscal general de la Nación, uno que es, antes que nada, amigo personal del presidente.
Yo sigo siendo un profesor, un escritor de cuentos y novelas mayoritariamente ignorados; uno que anda a pie, en cicla, en Transmilenio. Alguien a quien lo sigue animando la profunda convicción, que ya albergaba Mateo, el evangelista, de “¿de qué le sirve a un hombre (o a una mujer) ganar el mundo si pierde su alma? ¿Con qué cambio podrá rescatarla, una vez perdida?”.