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RECUERDO ENTRE GALLOS Y MEDIA noche, el Palacio de La Moneda en llamas. Apenas me asomaba a la adolescencia, tenía trece años, mis hermanos mayores no se despegaron un solo minuto de la radio, ese 11 de septiembre de 1973, para oír, en directo, las noticias devastadoras que llegaban de Santiago. Los Black-Hawk dejaban caer sus bombas sobre un experimento de socialismo democrático que despertó en América Latina gran entusiasmo.
En 1980, ya en la universidad, mucho más consciente de lo que había sucedido, y al calor de alguna canción militante de Víctor Jara o Violeta Parra, de nuevo llegaban malas noticias: un plebiscito amañado que prolongaba la pesadilla chilena por una década más.
La región era un campo minado repleto de fusiles por todos sus costados. Había gorilas en cada esquina, en Bolivia, en Argentina y Uruguay, para poner sólo unos ejemplos. La democracia era flor exótica. La acción militar contra Allende fue un sismo que sacudió a fondo la legitimidad en la vía electoral. Una generación entera abrevó en el escepticismo a ultranza: ¿quién podía apostar siquiera un peso por un sistema que dejaba semejante saldo de muertos, ya fuera por la represión del fascismo o por la guerra civil que se libraba en países como El Salvador, agobiado por la barbarie?
Desde entonces, mucha sangre ha corrido por debajo (y por encima) de los puentes. La izquierda, envuelta en diversos ropajes, llegó de nuevo al poder bajo la fuerza contundente de las urnas. Pero el escenario es otro: desplome del modelo soviético, China es potencia emergente. El tan mentado socialismo real, pegado con las babas del estalinismo, se convirtió en nombre de restaurante de moda, en camiseta chic, en Vladimir Putin y su pandilla de nostálgicos del viejo imperio.
A diez años del triunfo electoral de Hugo Chávez Frías, Human Rights Watch —ONG estadounidense, seria y también controvertida— publica un implacable informe sobre el derrumbe parcial de la democracia en Venezuela, esa misma que el presidente electo en 1998 prometió rescatar de sus ruinas. Claro, la oposición conspirativa ha sido elemento perturbador, también la intentona golpista. Chávez y sus seguidores se fueron a la ofensiva, sin reparar en el daño a instituciones decisivas como la justicia. La enfermedad del caudillismo se agudizó.
En diciembre de 2005, Evo Morales, líder del Movimiento al Socialismo, y de los indígenas cocaleros, conquistó el poder en las urnas. Hoy, Bolivia enfrenta una oposición feroz, liderada por cinco prefectos (gobernadores) que juegan al separatismo, al desmembramiento del país. A estas horas, los disidentes y el gobierno, a instancias de organismos como Unasur, que dio su apoyo irrestricto a Morales, están en intensas negociaciones para evitar el paso siguiente del conflicto: la guerra civil.
¿Es posible, como lo buscó de manera infructuosa Allende, introducir un cambio radical de sistema dentro del mismo sistema? ¿Desmontar la lógica y la economía de mercado, para aclimatar el socialismo y consolidar una nueva hegemonía cultural y política?
Es claro que la participación ciudadana se ha intensificado en casi todo el continente, que el pueblo ha visto, con sus propios ojos, que es posible tener presidentes que estén de su lado, con respuestas a sus demandas. Pero hay excesos; el caso de Venezuela es complejo, porque allá los partidos históricos fueron borrados del mapa, en sucesivas victorias electorales del chavismo, y la disidencia no quiso competir por la reconquista del poder, sino tumbar a Chávez, al precio que fuera necesario pagar.
Chile conmemoró los 35 años de un crimen atroz contra sus instituciones. La izquierda, después de lustros de persecución y asesinatos, abandonó el radicalismo de Allende, sin olvidar las razones de su sacrificio. Bolivia, Venezuela y con más razón Argentina, deben mirar de nuevo lo que pasó en La Moneda, en esos tres años difíciles, traumáticos, de la Unidad Popular que marcaron la historia de todo un continente.