Cuando ciertos “periodistas” se inventan la rueda

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Alguien escribió un libro que se llama “Todo lo que toca Trump lo destruye”. De igual manera, podría decirse del tal canal Fox News: no se salva, a pesar de un par de golondrinas que revolotean por sus estudios pero que, sin duda, no hacen verano.

Es apenas una caja de resonancia, una maquinaria bien aceitada, con una precisión pasmosa para la mentira y la distorsión. Entre la Casa Blanca y este aparato de propaganda diseñado para sacar adelante la versión más radical y fanática del Partido Republicano, hay una coordinación de relojería: el presidente más incompetente, ignorante y desquiciado de la historia de Estados Unidos alimenta su agenda de gobierno y toma decisiones, basado en la información que recoge de un mediocre programa de la mañana llamado Fox & Friends.

Pero muchas veces pasa al revés: al “genio estable” (como se definió a sí mismo Trump en uno de sus tantos arrebatos ego maníacos) se le ocurre, por ejemplo, decir que el coronavirus es una nueva patraña de los demócratas, y de inmediato todos los programas estelares de la noche, con sus alzafuelles de cabecera, reproducen, amplifican y machacan sin cesar la monserga de turno. Fox, al igual que el presidente, no se tomó en serio lo de la pandemia. Ha defendido todas sus salidas en falso y su insaciable apetito de figurar y destruir. Ha seguido el mismo libreto del autócrata que ocupa la Oficina Oval, para tratar de desviar las culpas que le atañen por el tiempo precioso que dilapidó desvirtuando la gravedad del COVID-19. E incluso ese canal, que mantenía una cultura de acoso sexual hasta cuando su creador (Roger Ailes) cayó en desgracia ante el impertérrito Rupert Murdoch, defendió cosas indefensibles como la supuesta cura contra el virus, una falsedad más que terminó en una peligrosa escasez de hidroxicloroquina, medicina vital para quienes sufren de lupus.

 La gente, desesperada por el encierro y la incertidumbre, agotó en cuestión de horas ese medicamento, ante la insistencia de Trump de que, de golpe, podría funcionar. “Qué tienen qué perder?”, preguntó el mandatario a su atolondrada audiencia.

Ahora resulta que unos nuevos ricos del periodismo, que no de la maquinaria financiera ni de los negocios, pretenden inventarse la rueda mediante la original idea de importar el modelo Fox para Colombia.

La verdad, señores, esa es una redundancia o, mejor, llevar leña al monte. Ese esquema de desinformación ya existe en Colombia, lo hemos cultivado con esmero por casi un siglo de, primero, prensa partidista y sectaria; después, prensa bipartidista, con una radio y televisión arrodilladas, y unos periódicos entregados a la miopía política y la guerra ideológica del Frente Nacional y el estado de sitio. Durante varias décadas los medios, sobre todo los escritos, fueron ruedas de transmisión del poder; sus directores eran consejeros del presidente de turno, apegados a las decisiones del Partido Liberal o del Partido Conservador. No había investigaciones periodísticas, ni disidencias, que no fueran las que ardían al fuego lento del conflicto armado cada vez más salvaje y devastador.

Durante el gobierno de Alfonso López Michelsen (1974-1978) se inventaron la formula del noticiero oficial, otra redundancia, porque los programas informativos, de una manera u otra, estaban sometidos no sólo a la presión económica, sino a la férula de las licitaciones para lograr un espacio en las ondas del Estado.

Colombia, hasta mediados de los años setenta, fue terreno estéril para el periodismo independiente. Había algunas excepciones, columnistas rebeldes, La Nueva Prensa, y la revista Alternativa, además del paulatino ingreso de las unidades investigativas, una sana tradición del periodismo estadounidense que llegó a las salas de redacción de El Tiempo y El Espectador.

Pero lo que nos marcó a fondo fue tener, en general, una información que respondía a la lógica de la guerra.

¿Semana quiere volverse Fox, según lo reveló Daniel Coronell en entrevista a El Espectador? Tal vez los herederos de la saga Gilinski no conocen muy bien la historia reciente de Colombia, ni la geografía de los medios en Estados Unidos. Los Murdoch son dueños de Fox y también del Wall Street Journal, un periódico de tendencia conservadora, que ha sabido mantener una clara separación entre su junta editorial y su sala de redacción. Incluso una de sus investigaciones, las relaciones extramatrimoniales de Trump con una actriz porno y una modelo de Playboy y la comprar del silencio de las dos mujeres en plena campaña electoral, puso en serios aprietos al presidente.

Con el poder y la influencia de las redes sociales y de internet, más una nueva generación criada en la era digital, y totalmente escéptica de las viejas ideologías, la apuesta de los nuevos dueños de Semana es, sobre todo, un anacronismo. Y llover sobre mojado. No hay necesidad de inventar la rueda. Ser arrodillado y gobiernista, y expulsar a los periodistas más agudos o peligrosos, es una vieja práctica del siglo XX. Preferir la ideología al periodismo, y defender con terquedad un proyecto político, fue la noticia cotidiana de nuestro pasado más reciente. A pesar de la franja lunática, de los obcecados y fanáticos, y de las manipulaciones en las redes sociales, el público desconfía más y más de las verdades oficiales. La debacle de Trump y su manejo errático de la pandemia, es apenas un botón de muestra. Estos nuevos ricos del periodismo serán víctimas de su propio (añejo) invento.

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