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Democracia de opinión: fase superior del cinismo

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Si de verdad hubiera una opinión vigorosa, que se expresara en las calles, en el parlamento o en la oposición; si de verdad hubiera un equilibrio de poderes e instituciones de control con dientes, el presidente Uribe habría tenido que renunciar por lo menos en los primeros meses de su segundo mandato,  ante el peso mismo de las evidencias, de las responsabilidades políticas y los cuestionamientos éticos.

¿Cómo ha podido sostenerse en el poder un mandatario al que le han estallado en las manos escándalos tan devastadores como la parapolítica, los falsos positivos, la yidispolítica, la extradición de los jefes paramilitares o las acciones ilegales del DAS? Que jueguen con las estadísticas, que digan que se han reducido los secuestros y los asesinatos, que se han desmovilizado miles de guerrilleros rasos y cientos de mandos medios de la subversión, es apenas de rigor en la dinámica cotidiana de las medias verdades de los gobiernos, pero que, sin que les tiemble un músculo, afirmen que vivimos en una democracia de opinión, es ya de un cinismo infinito.

A punto de conmemorar los veinte años del asesinato de Luís Carlos Galán, y de recordar que su muerte hizo parte de la misma  guerra de exterminio contra la Unión Patriótica (como lo planteó de manera categórica, en su columna de El Tiempo, Claudia López), los factores de violencia que cegaron la vida de tantos en el pasado, ahí están, insaciables, en el presente: los mecanismos de la persecución, del hostigamiento, del crimen selectivo, no se han desmontado, a pesar de las apariencias. La llave entre narcos y escuadrones de la muerte (águilas negras y similares) continúa cumpliendo la tarea de sus antecesores. La tragedia del desplazamiento y el despojo, es una muestra palpable de que la agresión no termina.

La opinión es efectiva cuando se canaliza a través de los partidos, las organizaciones sociales, los grupos de presión y las corporaciones públicas. Cuando esa misma opinión se traduce en políticas decididas por los ciudadanos, ejecutadas y controladas por ellos, cuando de verdad la participación se da desde la base. Lo otro es demagogia. O mejor: engaño.

¿Cuáles son los actores fundamentales de la supuesta democracia de opinión? ¿Los medios? ¿Los periodistas? Y entonces, ¿por qué el DAS, que depende de la presidencia de la República, arma una compleja red de seguimientos y escuchas ilegales a personajes de la vida nacional, ex presidentes, magistrados y líderes de la oposición?

Tengo la impresión de que esa pirotecnia del “estado de opinión” es más para el consumo externo,  un vano esfuerzo por tratar de “posicionar” la democracia colombiana como  una sofisticada pieza de relojería en la que una opinión pública sin cortapisas  impone su voluntad y determina el destino de leyes y decretos. Como ya sabemos, en el frente internacional son muy pocos los que, en estos momentos,  están dispuestos a comerse ese cuento, mucho menos con un presidente que quiere perpetuarse en el poder.

Pero el discurso uribista cala en la parroquia. La seguridad democrática se ha vuelto dogma intocable. Incluso, hay políticos que la consideran pieza maestra para cualquiera que aspire a ser presidente. Sergio Fajardo es uno de ellos: le parece que ser antiuribista es suicida. Lucho va por el mismo camino.  Es deprimente.

Sigamos el juego por un momento. Digamos que sí, que listo: somos un Estado de Opinión, fase superior del Estado de Derecho. Que estamos preparados para hacer valer nuestra voluntad. Entonces, cuando el máximo líder, por la estratagema que sea, busque la reelección, esa dichosa “democracia de opinión” hará valer su voz: el tercer mandato será derrotado. La vida te da sorpresas.

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