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Dos caras de la misma moneda

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MIAMI.-Hay que aceptarlo de una vez por todas: Donald J Trump –definido por el genial comediante Jon Stewart como un tipo con cara de jamón hervido y peluca naranja y con la intemperancia de un bebe-hombre– podría ser el próximo presidente de Estados Unidos.

Y, señores, no llegaría a la Casa Blanca un extraterrestre, sino la otra cara de este país.

Por el momento, es invencible. Ha dejado en la lona, en su loca e inédita carrera por la nominación presidencial, a diecisiete candidatos, entre ellos a cuatro gobernadores en ejercicio y a Jeb Bush, exgobernador, hijo y hermano de presidentes, con un supuesto atractivo dentro de las bases republicanas, que lo convertía casi en el virtual contrincante de Hillary Clinton.

Pero se le atravesó en el camino, como una mula muerta, este histrión que ha puesto patas arriba el protocolo de lo que es hacer una campaña política y, sobre todo, el discurso que puede sustentarla y que, hasta antes de junio de 2015, tenía unos límites bien determinados. Eran inviolables reglas de oro. Pero el supuesto magnate inmobiliario (su fortuna sigue siendo motivo de grandes interrogantes) las ha transgredido una por una, borró por completo esas líneas rojas y lo concreto es que diecisiete dirigentes curtidos, toreados en varias plazas, no pudieron torcerle el caminado a este animal político con innegable talento para poner a sus pies a los medios de comunicación.

En la última encuesta de CBS y el periódico New York Times, se dan dos claves. Primero, casi por partes iguales los votantes dijeron no confíar ni en Trump ni en Clinton. Un porcentaje importantes de votantes opinó que sus valores no se sintonizan con los de los dos líderes. Segundo, ocho de cada diez republicanos opinaron que hay que cerrar filas detrás del animador de “reality shows” y pidieron a los notables de su partido que hagan lo propio.

Lo más interesante (y desestabilizador) es que si el enfrentamiento fuera entre Trump y Bernie Sander (el contricante de Hillary) el senador por Vermont y quien se ha presentado como un socialista que juega dentro de las reglas del partido demócrata, le saca al virtual nominado republicano 13 puntos. Clinton en la misma encuesta aventaja a Trump apenas por cuatro y en otros sondeos queda por debajo del candidato republicano.

Un 70% de los votantes encuestados cree que el empresario de Nueva York no tiene el temperamento para ser presidente. Ahí está su supuesto talón de Aquiles, pero todos sus adversarios lo dijeron, en todos los tonos posibles, y ningún pudo hacerle un daño sustancial.

Ya es claro que se ha sintonizado con ese otro país que también existe, que vemos todos los días, pero que de repente empezamos a negar porque ha respondido a un discurso crudo y elemental: los hombres y mujeres que se lanzan en masa a las tiendas con esa glándula consumista que les determina su vida y la manera como perciben el mundo; esos mismos que entienden que el éxito es la fantasía que les ha vendido Trump, ser dueño de un improbable imperio inmobiliario, tener aviones, helicópteros, mansiones, y pulverizar al adversario, al que no comparta esos valores; exaltar las soluciones de fuerza, imponer la razón de las armas por encima de cualquier principio, y por supuesto, exhalar por todos los poros un individualismo cerrero, sin espacio para la solidaridad y mucho menos para un concepto de comunidad.

Al final, no entiendo por qué una cierta élite republicana se sorprende, e incluso por qué hay líderes mundiales que ven al ex dueño del reinado mundial de la belleza como un exabrupto. Es un producto exacerbado del capitalismo más clásico. Un hombre criado entre la apariencia, el lujo, la agresividad del triunfo a cualquier precio y la pantomima de lo mediático. Es un modelo para una parte importante de la sociedad que ha sido formada en los principios más preclaros de la economía de mercado.

Y en el otro lado está Obama, esa otra cara de la misma moneda. El poder ejercido con guante de seda, el respeto a la diversidad, el mismo dominio imperial pero mediante las herramientas de la negociación y la diplomacia, al tiempo que las armas se guardan como último recurso o se disparan a control remoto, con los mismos resultados letales de una invasión. La decencia, lo políticamente correcto como valor fundamental, la solidaridad y la comunidad como factores importantes de cohesión social.

Puede ser que la primera potencia mundial decida, una vez más, mostrar su cara más deplorable, esa que aún no termina de salir del pantano de sangre que formó en Irak. Ajústense sus cinturones de seguridad, porque podrían venir grandes turbulencias.

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