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Pongámoslo de esta manera: Uribe pasó de hacer patria a hacer el oso. De lo primero hablan aún sus más fervorosos defensores, quienes lo ven como una especie de iluminado que partió en dos la historia de Colombia.
De lo segundo hablan sus constantes trinos, una pequeña antología de rencores, odios y ataques desaforados, que por eso mismo, se trastocan en gritos ridículos, imposturas sin grandeza, ni sustancia, escritas por un personaje que ha sido considerado inteligente y estudioso, incluso por sus más enconados críticos.
Pero no. Como expresidente ha resultado ser una vergüenza nacional. Convertido en una caricatura de sí mismo, ha perdido en muy poco tiempo (en cuestión de un año) el más mínimo sentido de las proporciones: a través de su diatriba inocua, ha adquirido el ademán del tropelero de cantina, que busca camorra a diestra y siniestra para imponer el respeto porque conmigo (y con mi gobierno y con mis amigos) nadie se mete. Respete, o le parto la jeta…en fin. Y entonces, viene la acción: lanza golpes bajos (“Ojalá esos hallazgos no se le conviertan [al presidente] en falsos positivos de la corrupción”) escupe sin miramientos (“sicario moral Ivan Cepeda, engaña a organismos internacionales fingiendo ser defensor de derechos humanos”) da patadas voladoras, como cualquier aprendiz de lucha libre («Lula hablaba contra Chávez ausente y temblaba frente a Chávez presente»).
Su verdadera catadura no es la del estadista, tampoco la del panfletario botafuego que, con su verbo fervoroso, enciende el debate político. Su talante es mucho menos que eso. Está hecho de intolerancia y mesianismo, de trampas al escondido y jugadas sucias al descampado. Es un raro espécimen del llamado canapé republicano, pero no por su originalidad, o por sus rarezas, ni siquiera por sus locuras geniales, sino por esta secuencia interminable de baladronadas y alaridos de estulticia, que dejan en claro, por lo menos, una cosa: aquí hay una conciencia atormentada, que sabe que la mejor defensa es el ataque; ex gobernante que se siente acosado, perseguido, traicionado. El hecho palmario es que su administración es un desfile de funcionarios encarcelados, sub judice, o de condenados por la justicia “politizada”.
Aún falta mucho por dilucidar y entender. Y por probar de manera contundente. No es posible que tantos hechos de corrupción, tantos aliados políticos cómplices del paramilitarismo, estén al margen del expresidente. Que todo sea producto de maquinaciones o subterfugios de los jueces que buscan enlodar a un gobierno que, como nunca antes en la historia de este país, atacó de frente al terrorismo, como reza la versión oficial. Sin embargo, queda la pregunta de fondo: por qué seguimos poniéndole tanta atención. Por qué cada trino suyo es noticia, por qué alimentamos, de manera casi morbosa, esa figura arcaica del patriarca omnipresente, al mejor estilo de la clásica república bananera. De golpe, es que el deteriorado tejido moral de la democracia colombiana no da para más, sino para producir un personaje cocido al fuego lento de una violencia endémica, un saqueo sistemático del erario público, una carencia total de instrumentos efectivos para que el dirigente venal rinda cuentas ante el pueblo que lo eligió (y reeligió).
Uribe, con cada arremetida, fortalece la imagen de Santos. Es tal la diferencia de estilos y de posturas, que cada acto del actual presidente y cada salida en falso del anterior, representan sin duda dos formas de ver el país, e incluso la vida: es el choque entre la mentalidad caudillista, de zurriago en mano, y la modernizante, abierta al mundo, diplomática, algunos la llamarían solapada y de doble filo. Curiosa evolución de la doctrina uribista: del rimbombante estado de opinión, a este patético oso de opinión.