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La burbuja Sarah

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LA COSA ES COMO DE SENTARSE A llorar: Estados Unidos está a punto de experimentar una recesión severa, y una porción importante de la población gringa se siente atraída por Sarah Palin, gobernadora de Alaska, ex reina de belleza, ex presentadora de deportes, maestra de los lugares comunes, hábil en medio de su ignorancia profunda, y, de paso, candidata a la Vicepresidencia como fórmula de John McCain.

La señora resulta convincente para un electorado básico, que se emociona ante una puesta en escena que mezcla, en dosis exactas, fantasmas ideológicos de la guerra fría, populismo de peluquería y una orfandad de ideas que es reemplazada por frases efectistas.

Lo positivo de todo esto es que la sociedad estadounidense, en medio de un enorme desplome financiero, se ha politizado a niveles que recuerdan los viejos tiempos de la guerra en Vietnam. Hoy, sin duda existen grandes diferencias entre republicanos y demócratas, no sólo en política interna sino en su visión del mundo, a pesar de coincidencias estratégicas, como su apoyo irrestricto a Israel, su condena abierta al radicalismo izquierdista en América Latina, la consideración de que Irán y Pakistán son dos graves amenazas para la estabilidad del Medio Oriente y del mundo, y la idea de que “América” debe recuperar su preeminencia  política y económica, frente a países como China o Rusia.

 El contraste no puede ser más evidente entre dos personalidades y talantes. Un veterano de guerra, alumno aprovechado del anticomunismo, halcón que a veces posa de independiente, viejo zorro de Washington, John McCain, hijo y nieto de egregios oficiales de las fuerzas armadas norteamericanas, ha vendido su alma al diablo con tal de ocupar la Casa Blanca.

Y en la otra orilla, un hombre de padre negro de Kenya y madre blanca de Kansas; adolescente conflictivo que coqueteó con las drogas, estudiante irregular que encontró su propio camino que lo condujo a Harvard, a punta de esfuerzo y de becas; político local que prefirió organizar a la base y conquistar a los caciques electorales de Chicago que ocupar una importante posición en un bufete de abogados, Barak Obama, hijo de otro mundo, el de la caída del muro de Berlín; criado en el seno de una familia “disfuncional”, sin grandes pergaminos ni herencias.

Estos dos hombres representan con claridad esas dos placas tectónicas de la política gringa que se mueven, a veces de manera intensa, pero sin producir grandes terremotos. Estados Unidos es un país que se debate entre el fanatismo religioso, casi fascista, y el talante liberal de puertas abiertas. Entre el odio a los inmigrantes y la aceptación de la diferencia. Entre un parroquialismo hirsuto, y una curiosidad por entender otras culturas y otros ámbitos.

Obama es la cara amable; simboliza, a su vez, a la nación que no quiere dejar de ser imperio, pero busca ejercer su poder a través de la diplomacia y, como último recurso, la intervención militar. McCain y Palin representan la otra tendencia, la de la superpotencia armada hasta los dientes, que busca el respeto mediante guerras preventivas y, en lo interno, la reproducción (imposible) de un capitalismo medio salvaje y la exacerbación de los valores ultraconservadores.

 Palin es una burbuja que, como la hipotecaria, ha estallado, pero seduce. Obama aventaja ahora sustancialmente al candidato republicano. Votó, al igual que su oponente, a favor del multimillonario rescate de Wall Street, sin tener en la mano un plan creíble de reformas económicas. Su elección como presidente representaría ya un cambio histórico y cultural, pero queda la incertidumbre de si será el líder que se ponga a la cabeza de una nueva era.

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