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MIAMI.- Desde los tiempos de Hugo Rafael Chávez Frías, la oposición en Venezuela se pintó con esos trazos de los tiempos de los soviets: la contrarrevolución de los escuálidos. Los enemigos a los que había que derrotar. Liquidar. Pulverizar.
Al tenor de los gestos, las palabras y los símbolos, es como si el chavismo no hubiera llegado al poder por las vías democráticas, sino montado en la boca de los fusiles, con sus dirigentes barbados, vestidos con trajes militares, agotados por una confrontación a muerte con el ejército burgués, listos a entrar a Miraflores para dictar, desde el solio de Bolívar, con los ímpetus inconfundibles de la victoria, los decretos revolucionarios que instaurarían el poder popular y acabarían, para siempre, el dominio de los capitalistas y terratenientes.
Pero una cosa son los delirios ideológicos y otra la realidad. La cuestión de fondo es que el movimiento Quinta República llegó al poder bajo los auspicios de la democracia burguesa, liberal, y la votación mayoritaria del pueblo. La economía de mercado seguía intacta, pero a medida que el movimiento que lideraba Chávez se consolidaba en el poder, y cada vez más se definía como la antítesis de “los escuálidos”, la confrontación se hizo más aguda, porque ya no era un partido que buscaba gobernar por un periodo limitado, sino un movimiento que tenía como objetivo desmantelar las estructuras de la economía de mercado e instaurar el socialismo. El socialismo del siglo XXI, como lo bautizaron.
Sin embargo, los cambios de la estructura jurídica se hicieron en democracia. Hubo dos referendos, ganados por los seguidores del hoy llamado “comandante eterno”, que dieron vida a la nueva constitución de 1999, ese librito que siempre esgrimía Chávez, y después Maduro, como la brújula de todas sus acciones. Cualquier opositor dirá que, desde aquel entonces, las votaciones estuvieron impregnadas por el fraude, pero en las sucesivas consultas populares, incluso las más polémicas, ningún organismo multilateral -ni siquiera el Departamento de Estado- se atrevió a denunciar un fraude masivo, por la sencilla razón de que las pruebas nunca fueron contundentes.
La oposición, mientras tanto, no se trazó el objetivo de recuperar el poder por las vías democráticas, sino bajo el concepto de que al advenedizo había que expulsarlo, “tumbarlo” a como diera lugar. La polarización era evidente: primero un ensayo de golpe, después un paro petrolero, más adelante -2004- un intento de revocarle el mandato a Chávez y después el llamado a la abstención, en 2005, punto de inflexión y error garrafal: ahí, sin la presencia de la oposición, el chavismo se convirtió en mayoría absoluta en la Asamblea unicameral y, por lo tanto, se abrió el camino para que todas las instituciones de control, las cortes y el consejo electoral estuvieran conformados por las mayorías parlamentarias del chavismo.
Elemental regla del juego en cualquier congreso del mundo, pero que en Venezuela significaba la desaparición de los pesos y contrapesos del juego democrático tradicional. La oposición, por su propia miopía, quedaba por fuera de cualquier posibilidad de ejercer una mínima tarea fiscalizadora.
Vino la llamada “guerra económica”, que nunca el gobierno investigó a fondo, ni la documentó a fondo, o la denunció de manera creíble. Vinieron las expropiaciones, las nacionalizaciones, inspiradas más en retaliaciones políticas que en un proyecto económico del chavismo. Hubo especulación, los artículos subsidiados se convirtieron en presa fácil de los “bachaqueros”, revendedores que se hicieron millonarios comercializando esos productos destinados, en principio, a la canasta familiar de los más pobres. La inflación se disparó, hubo control de cambios y tres tasas distintas de precio del dólar. El sistema de mercado venezolano se convirtió en un monstruo salido de madre.
Y gana, entonces, la oposición, este 6 de diciembre, impone una mayoría absoluta, y Maduro, como siempre, al igual que Chávez, dice que no hablará con la contrarrevolución, no hay diálogo posible, “ganaron los malos”, vocifera. No aceptará ninguna decisión que tome la Asamblea. Sigue la confrontación. “El enemigo” ha logrado una victoria “transitoria”. La oposición buscará recuperar su propio tiempo perdido. Dos proyectos antagónicos de sociedad, de economía, de poder, vuelven a enfrentarse en una nueva circunstancia. Todo dentro de la formalidad democrática que el gobierno ha respetado, a pesar de su militancia autoritaria que ha permeado a la justicia y a las instituciones de control.
¿Puede haber cohabitación entre el agua y el aceite? ¿Puentes de comunicación entre una dirigencia que busca instaurar el socialismo, “profundizar la revolución”, y un sector de la sociedad que quisiera volver al pasado y retomar el hilo perdido de un país que ya no existe? La única alternativa, piensa uno, sería que la oposición entienda que el chavismo ha sido una reivindicación legítima, ante el fracaso histórico de adecos y copeyanos, y que, a su vez, las huestes del rojo, rojito, abandonen esa pretensión de buscar la “expulsión de la burguesía”, su aniquilación, porque eso es, en estos momentos, un contrasentido histórico. O más sencillo: una payasada.