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Sólo faltaba eso: que las peleas con nuestros vecinos se expliquen porque, en el fondo, ellos envidian nuestro exitoso sistema de libertades. Frase histórica de Alvaro Uribe, pero carente de toda originalidad.
En lo fino de la guerra contra el terrorismo, Bush y su pandilla afirmaban lo mismo, que los enemigos de Estados Unidos actuaban por envidia, no podían soportar la rabia que les producía un país próspero, libre y diverso.
Las dos posiciones son una caricatura de la realidad, por supuesto. No hablemos de la anterior administración gringa, porque eso ya es pasado. Centrémonos en lo nuestro: ¿Quién en América Latina, con dos dedos de frente, podría desear la suerte de Colombia, agobiada por una guerra inextirpable, una violencia que no cede y unos ejércitos ilegales que la estremecen con sus crímenes? ¿Nos pueden envidiar nuestro sistema quebrado de salud? ¿Nuestra clase política venal? ¿Nuestra democracia de utilería, atravesada por la impunidad, manchada por la intolerancia y sitiada, en las regiones, en las zonas rurales, por neoparamilitares y guerrilleros?
Saca Uribe a relucir semejante perla el mismo día en el que Human Rights Watch ponía de nuevo el dedo en la llaga con su informe sobre los grupos sucesores de los paramilitares, que están generando atrocidades parecidas o peores que las perpetradas por las AUC, actuando en casi todo el país, bajo la complicidad de siempre, activa o pasiva, por parte de núcleos importantes de la policía y el Ejército. La respuesta del gobierno no pudo ser más obvia : “sesgo político”, “parcialidad”, “mentiras”. Pero después de la tempestad sigue el ritmo implacable de la máquina de terror, aceitada de pies a cabeza por la impunidad.
Desde siempre nos hemos vendido al resto del mundo como una democracia ejemplar, la más antigua de la región. Envidia de pueblos sojuzgados. Entonces, cómo puede HRW tener el atrevimiento de afirmar que “El surgimiento de los grupos sucesores era predecible, en gran parte debido a que el gobierno colombiano no desmanteló las estructuras criminales de las AUC, ni sus redes de apoyo económico y político durante las desmovilizaciones”. Cómo puede hacer semejante aseveración cuando el presidente Uribe, en un gesto de calculado efecto mediático, se enfrenta a la luz del día, durante cuatro horas, a sus más enconados opositores, en una universidad donde su rector es connotado crítico de la actual administración.
¿Qué más pruebas quieren de civilidad y tolerancia, de un sistema de garantías que permite que sus ciudadanos se expresen con libertad, a veces hasta el extremo de irrespetar la investidura presidencial? No hay duda: se carcomen de la envidia. Uribe hace historia.
Cambio y fuera
La revista Cambio, como la conocíamos, se acaba, para dar paso a una publicación de variedades. Escasez de anunciantes justifica el viraje, porque, hoy por hoy, según lo afirmó Luis Fernando Santos, los lectores ya no consumen publicaciones con un acento fuerte en el tema político, es una tendencia mundial.
Sea por lo que fuere, por razones de mercado o de presiones políticas, o una combinación de las dos, lo cierto es que se repite la misma vieja historia del periodismo colombiano: no ha sido posible que logre sobrevivir una publicación que cumpla el elemental deber de denunciar y analizar, bajo criterios de equilibrio y veracidad, los desafueros del poder.
Hasta que no se demuestre lo contrario, Colombia es tierra estéril para unidades investigativas de verdad, para medios que vayan al fondo y muestren, de manera sistemática, documentada, seria, los continuos atropellos y robos que se cometen a diario desde las altas cumbres del Estado.