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Nueva amenaza: democracia por correo

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MIAMI. – Estados Unidos siempre ha sido el paraíso de las teorías conspirativas, pero nunca había llegado uno de sus portaestandartes a la Casa Blanca. Ahora, este país debe afrontar los estragos de una pandemia con un presidente que, de manera interesada, le da vuelo a ese tipo de explicaciones delirantes. Y con el tema de las elecciones presidenciales, el próximo 3 de noviembre, ya ha anunciado, sin tener ninguna prueba, que habrá “millones y millones” de votos por correo fraudulentos, incluso impresos por los chinos.

La idea de fondo es otra, y el mismo mandatario lo dejó claro en una declaración para Fox Business, al criticar el paquete de 3.4 trillones de dólares aprobado por la Cámara de Representantes para atacar la devastación dejada por el coronavirus: [de esa cifra] “ellos [los demócratas] quieren 25 mil millones para la oficina postal [USPS]. Ellos necesitan ese dinero con el fin de que el correo pueda recibir los millones y millones de boletas electorales [votos]. Pero si no obtienen ese dinero, significa que no podrá haber el voto universal por correo porque la oficina no estará equipada para eso”.

En otras palabras: los urgentes recursos económicos que se requieren para darles a 16 millones de trabajadores beneficios de desempleo y ayuda en efectivo a miles de negocios pequeños y medianos en graves condiciones económicas, están paralizados porque Trump quiere evitar a toda costa que puedan ser contados, de manera eficiente y confiable, los millones de votos que se enviarán por correo ante el miedo que tienen los electores de contagio al asistir en persona a un puesto de votación. Es un claro sabotaje del proceso electoral, y una repugnante estrategia de una profecía que quieren que se cumpla a sí misma: que el correo no tendrá la capacidad de procesar todas las boletas (tarjetones) que llegarán y, por lo tanto, se demorará el conteo de los votos y la entrega de resultados.

Conclusión: fraude masivo.

De acuerdo con el canal VICE, la oficina del correo desactivó en varias de sus sedes en todo el país, las máquinas de selección de sobres, entre ellos los que contienen las boletas electorales. No hay ninguna explicación oficial para semejante medida. Lo que sí es claro es que en esta era de transgresión de todas las reglas del juego democrático, nadie se imaginó que el presidente pusiera al mando de la administración del correo a uno de sus mayores benefactores, y se politizara hasta el paroxismo un instrumento básico de logística del proceso electoral.

Todo esto no deja de ser una paradoja. Días después de su posesión, el 20 de enero de 2017, Trump montó una comisión especial para investigar el supuesto fraude electoral que, según él, había permitido que Hillary Clinton lo superara por 3 millones de sufragios en el voto popular. En Estados Unidos, gana la presidencia quien obtenga más votos en el colegio electoral. En ese sentido es una democracia indirecta.

Tal comisión, como era de esperarse, no encontró nada y, en pocas semanas de actividad, hubo que desmontarla ante lo infructuoso de su tarea. Pero el presidente, a pesar de las evidencias, insistió una y otra vez en el supuesto fraude. Como ahora lo hace, ante el hecho innegable de que está perdiendo la elección en los estados clave, necesarios para garantizar cuatro años más al mando de esta averiada superpotencia.

Su proclividad a inventarse disparates, o desviar la atención de los problemas que agobian al país, ha hecho que por estos días insista en el supuesto complot demócrata para robarse las elecciones, en destruir la confianza ciudadana en el voto por correo, y en armar el tinglado para, en un momento dado, denunciar juego sucio en la noche de la elección.

Por ahora, la pandemia ha demostrado ser inmune a las maromas de este histrión empotrado en la Casa Blanca. Sigue sin control, en medio de locas diatribas contra el riesgo de mandar los niños al colegio, o reiniciar el ciclo de competencias deportivas universitarias, entre ellas la más popular: el football americano. Según Trump, pero no los científicos, los niños son casi inmunes al virus, y los jóvenes deportistas no corren ningún riesgo porque están en muy buena condición física.

Ni las cifras, ni la ciencia, ni los hechos, le dan la razón. Quiere fabricar una crisis con esa alquimia demente de conspiraciones que ya se ha tomado a una parte sustancial del Partido Republicano. Marjorie Taylor Green, simpatizante de QAnon, ganó en Georgia la primaria dentro de los republicanos para ser candidata a la Cámara.

¿Y qué es QAnon? Según los miembros de este movimiento, hay una cáfila de pedófilos, del Partido Demócrata, incrustados en las instituciones del gobierno, que le rezan a Satanás y quieren destruir al país. Trump los está combatiendo. Es muy probable que Taylor Green llegue al congreso, con el apoyo entusiasta del presidente. “Es el futuro del Partido Republicano”, expresó con emoción el mandatario en un trino.

Hay que aclarar que QAnon está clasificado por el FBI como un potencial grupo terrorista que opera dentro de Estados Unidos. Miembros de esta secta al parecer han estado envueltos en planes frustrados de atentados, incendios devastadores en California, e incluso en un enfrentamiento armado con la policía en Arizona. La decadencia no da tregua.

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