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El Obama que busca enviar 30 mil soldados a la guerra en Afganistán, es el mismo que acuerda con el gobierno de Uribe la utilización de bases militares colombianas para la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. ¿Eso significa que ha traicionado a medio mundo y que, a la larga, este presidente es de la misma catadura militarista del que lo antecedió?
Se puede coger por el camino fácil y decir que sí, que el tipo es un farsante y que el Nobel de la Paz a semejante halcón es un error garrafal de los suecos, que pensaron más con el deseo que con la razón. El senador “independiente” (aunque está en la bancada demócrata) Joe Lieberman, dijo algo contundente: el presidente de Estados Unidos está demostrando que toma decisiones no para quedar bien con su partido, sino para defender los intereses y la seguridad de su país.
En sus discursos de campaña, Obama fue claro en afirmar que se había opuesto a la intervención en Irak por la improvisación en su diseño y en sus mismos objetivos: derrocar a Saddam Hussein no era la prioridad. Nunca se describió como un pacifista y defendió, en más de una ocasión, la presencia de tropas en Afganistán.
Pero hay más. Según la revista New Yorker, el 5 de agosto pasado, por autorización expresa de la Casa Blanca, un avión no piloteado, (el tristemente célebre “predator”, que se maneja a control remoto) disparó sus misiles contra la vivienda donde estaba Baitullah Mehsud, el líder del Taliban en Pakistán. En la acción, fuera de Mehsud, murieron otras once personas, entre ellas sus suegros. Este tipo de ataques, que hacen parte de un programa encubierto de la CIA, se han incrementado de manera exponencial durante la actual administración, según la Fundación Nueva América, citada por el New Yorker. En los primeros nueve meses en la oficina oval, Barack Obama dio luz verde a tantos ataques aéreos de la agencia de espionaje en Pakistan , como los que autorizó Bush en los últimos tres años de su presidencia. Y muchos de esos bombardeos han dejado cientos de víctimas civiles.
La izquierda que apoyó las aspiraciones presidenciales del entonces senador por Illinois, se siente defraudada, como si alguna vez su candidato hubiera pintado palomas en las paredes. Defendió, eso sí, la vía diplomática; planteó, en varias ocasiones, que una de las claves para estabilizar el Medio Oriente, era lograr una paz duradera entre Israel y los palestinos. Expresó con claridad que, al tomar alguna decisión militar, la haría a conciencia, sin apresuramientos y con la certeza de cómo salir del teatro de operaciones.
Hay una gran diferencia con la pandilla de neoconservadores que orquestó el ataque a Irak: Obama es pragmático, no le camina a la pirotecnia ideológica. Su objetivo es destruir a Al Qaeda, minar la capacidad de fuego de los talibanes para que, debilitados, el ejército afgano, entrenado por Estados Unidos, pueda darle la estocada final al supuesto toro moribundo. En relación con Pakistán, seguirá la sangrienta guerra encubierta de la CIA, habrá permanente comunicación con el actual presidente Asif Ali Zardari para que sus Fuerzas Armadas persigan y liquiden los ejércitos de Osama Bin Laden y del Mullah Omar, líder del Talibán.
Obama no es un revolucionario, ni un apóstol de la no violencia. Cree en el destino manifiesto de su país y entiende, al mismo tiempo, que el unilateralismo es una gran torpeza política y un contrasentido histórico. Defiende los intereses estadounidenses en las diversas regiones del mundo y busca recuperar su hegemonía imperial, mediante la combinación de la diplomacia, la influencia política, la disuasión militar y, por supuesto, la intervención, pero bajo otras premisas.
Más soldados norteamericanos en Afganistán es una pésima noticia. Podrán salir con el rabo entre las piernas como les sucedió a los soviéticos. Y, de paso, dejar más incendiado al país, con una insurgencia llena de razones para intensificar sus acciones terroristas.