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Miami. Como están las cosas, un balazo no se le niega a nadie. Y si es mortal, mejor. A estas alturas del partido, en 32 estados de la Unión Americana, si se porta una pistola es mejor hacer uso de ella, que sólo desenfundarla.
Me explico: si alguien dispara, y mata al supuesto agresor, puede argumentar que fue en legítima defensa y se salva de ir a prisión. Pero si se pone a farolear con el arma, por puro ejercicio de matón de mentiras, se lo llevan a la cárcel sin apelación por un mínimo de tres años. El estado de la Florida, por ejemplo, se ha convertido en el paraíso para portar fierros o echar plomo, bajo la protección de una ley que establece que si, en el antejardín de su casa, o en cualquier calle, un ciudadano cualquiera se encuentra con un supuesto “maleante”, armado o desarmado, y si siente que el tipo puede poner en riesgo su vida, la persona “amenazada” puede apretar el gatillo… y preguntar después.
Desde 2005, cuando se promulgó la ley, pandilleros, despechados, conductores violentos, intolerantes, energúmenos, e incluso racistas, han justificado sus crímenes con dicha ley que en inglés se llama “stand your ground” y que, en castellano, podría traducirse, más o menos, como “defienda su espacio”. Según la revista Time, en 2004, un año antes de existir la norma, las autoridades consideraron justificables ocho homicidios. Seis años después, esas mismas autoridades no penalizaron cuarenta asesinatos.
En semejante escenario, cualquier tragedia puede ocurrir. Como la del crimen de Trayvon Martin, un jovencito de 17 años, afroamericano, que el pasado 26 de febrero, en medio de la oscuridad y la lluvia, en las afueras de Orlando (la ciudad de los parques de diversiones) fue víctima de un fanático vigilante voluntario (la comunidad lo había elegido) que le incrustó una bala certera en el pecho. A George Zimmerman (el que disparó), de padre anglosajón y madre hispana, no lo enceguecieron ni la rabia, ni los celos, sino sus propios fantasmas: un pelao que llevaba en sus manos una lata de te y unos chocolates, se convirtió, en la oscura mente de este asesino de ocasión, en un rufián que portaba un arma en la mano, caminaba raro, llevaba puesta una chaqueta con capucha, (según el prejuicioso criminal, el clásico uniforme de los pandilleros) y, por supuesto, semejante especimen no tenía por qué estar en el vecindario del acucioso celador.
El que abrió fuego contra una persona desarmada, alegó legítima defensa. La policía no lo interrogó, ni siquiera lo detuvo por unos minutos, sino que lo llevó a una estación, y ahí lo dejo en libertad. Tanto la actitud del asesino, como los procedimientos irregulares de las autoridades, han generado indignación nacional, con una serie de manifestaciones, de costa a costa, exigiendo que Zimmerman sea detenido y juzgado. Por estos días, los canales de la televisión gringa debaten, de una manera agria, intensa, a veces a los gritos, sobre si aquí hubo racismo e impunidad, cobijados por el manto de una dudosa ley que, para muchos, menos para la extrema derecha amante de fusiles y revólveres, debe abolirse.
Los espectros de un pasado sórdido, han salido de nuevo a la palestra. Los linchamientos de los negros a manos del Ku-klux-klan, el asesinato de afroamericanos por parte de la policía, el viejo expediente de empezar a dañar la reputación de las víctimas (ya están montando todo un prontuario de Trayvon Martin) con el fin de justificar la agresión o disminuir las penas de los agresores. Este país, a pesar de sus permanentes odas a la libertad y a la justicia, de sus demostraciones consuetudinarias de orgullo nacional por haber construido una supuesta democracia ejemplar, no ha podido superar su estigma racista y antiinmigrante.
Los jóvenes negros e hispanos tienen miedo, al igual que sus padres. Hay un código, no escrito, que habla de la manera como estos muchachos deben comportarse para no despertar a la bestia discriminatoria. Si te para la policía, no discutas; si te insulta, no respondas. Siempre deja tus manos a la vista, no te metas en vecindarios extraños, puedes llevar las de perder, de antemano te van a ver como un delincuente.
Que un presidente afroamericano despache en la Casa Blanca, que deportistas y músicos negros ganen millones y sean adorados por la multitud, no significa que se hayan liquidado los prejuicios y los odios hacia la diferencia. Todo lo contrario: el Tea Party, la poderosa e influyente facción delirante del Partido Republicano, ha tomado como tarea patriótica atacar los derechos de las mujeres y de las minorías, insistir en que Obama atenta contra la libertad religiosa y es anti americano (Santorum lo comparó con Almajinehad), que los inmigrantes son el motor del declive imperial, que los pobres son perezosos y los ricos gente de éxito, intocable, que no puede ser “penalizada” con impuestos ridículos.
Así está la gran superpotencia modelo 2012. Con todas sus miserias en carne viva, como si el tiempo se hubiera muerto en ese sur segregacionista de los años cincuenta.