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Trabajo de hormiga

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El trabajo de hormiga es el que no registran las encuestas. Se desarrolla en los barrios populares, en las juntas de acción comunal, con líderes cívicos que tienen una comunicación fluida con la base y son aprovechados por el Estado para desarrollar la perversa estrategia del asistencialismo, una forma de dominación política que tiene dos objetivos: garantizar un apoyo incondicional al gobierno y, a la hora de las elecciones, contar con el voto (comprado) de quienes buscan asegurar, con toda razón, que el billetico que les entrega, por ejemplo, Familias en Acción, siga llegando sin problemas, sobre todo cuando el presidente deje la Casa de Nariño.

Este es el pueblo organizado al que no masacran, ni desplazan, ni intimidan, sino al que manipulan para que funcione como un relojito en el momento de la reproducción del poder hegemónico: es poner el presupuesto oficial, los ministerios e institutos, al servicio de una clase política corrupta que corrompe para perpetuarse. Acostumbrado a entregar su voto a cambio de algún favor, este electorado cautivo se mueve por el pragmatismo. Las plabras bonitas no compran comida en la tienda, ni las medicinas, ni dan puesto, así sea temporal.

Aquí no se está resolviendo de una vez por todas los factores que generan la pobreza, ni generando un proceso de participación política real. Todo lo contrario: se explotan las carencias de un enorme sector de la población para beneficio del senador, del representante, del concejal o del candidato que es de la cuerda del presidente. Esta es una de las grandes manchas de la democracia colombiana: así no es posible competir en igualdad de condiciones. El elegido del presidente, tendrá siempre la "clientela" a su servicio.

Paralelo a este engranaje popular cooptado por la dádiva oficial, dominado por la clase política más corrupta, carne de cañón de la demagogia del primer mandatario de turno, está la acción política de los movimientos sociales que buscan romper esa hegemonía, denunciar cómo por fuera de la red de complicidades, tampoco se resuelven en definitiva las necesidades, hay miseria, violencia, abandono.

A esos sectores populares afectados por la guerra, que tratan de organizarse para resistir la política de sangre y fuego, que denuncian los abusos de autoridad, que reclaman la salud, la educación, la vivienda y el trabajo no como un regalo a cambio de votos, sino como un derecho fundamental que debe garantizar el Estado, se les da otro tratamiento: la persecución, el hostigamiento, el asesinato selectivo.

Uribe ha conducido con inteligencia (no hablo del DAS) esa doble tarea: consejos comunales para "cumplirle" a la gente, porque sabe que así es cómo se garantiza la reproducción del poder, y combinación de todas las formas de lucha para aniquilar o neutralizar a los cómplices del "terrorismo", es decir, a los que quieren desmontar, a través de la acción política, ese profundo entramado de corrupción que en estos ocho años ha funcionado con una eficacia impresionante.

Mockus sin duda representa una amenaza para ese poder montado mediante el soborno y la compra de apoyos electorales. Desactivar ese viejo mecanismo, sería una profunda transformación en las relaciones del Estado con la gente, y de los partidos y sus líderes con las bases electorales. Esa es la apuesta de este domingo: Santos quiere mantener la distorsión profunda del papel del Estado y del gobierno. Mockus es el fruto de un movimiento ciudadano que busca romper ese cerco de corrupción. Dicen que el juego ya está decidido, pero no pierdo las esperanzas.

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