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Un ave rara sobrevuela a los azules

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MIAMI. -¿Es un demócrata? No. ¿Un independiente? Tal vez. ¿Un ave rara? Sí. ¿Un socialista? Sí. ¿Quién es? Es Bernie Sanders, el primer socialdemócrata confeso en presentarse a una elección por el partido azul, el demócrata, en la historia de Estados Unidos.

Los jóvenes se han enloquecido con ese hombre, un típico “babyboomer” (la generación nacida entre 1940 y 1964), ya con 74 años largos entre pecho y espalda y con ciertas inclinaciones a viejito cascarrabias. Su discurso, a veces monótono, sin grandes entonaciones, ha girado alrededor de los multimillonarios que no pagan impuestos, de los tiburones de Wall Street que se inventaron productos financieros con los que quebraron a medio mundo, de la necesidad de dar un salto casi mortal en la educación: matrículas gratis en las universidades públicas para los estudiantes de pregrado, sin tener en cuenta los ingresos de sus familias.

Se opone a los tratados de libre comercio que utilizan mano de obra barata en México, China o Vietnam, con salarios de hambre, al tiempo que destruyen el “tejido económico” del país. EE. UU. crea y diseña productos (desde un teléfono celular hasta una camisa) y otros países los ensamblan. La extraña patria de Mao, un monstruo capitalista con un enorme cascarón vacío, pero dictatorial, que pintan con el rojo comunista, se ha beneficiado del desmonte de la industria manufacturera gringa y ha permitido aquí (y también allá) una acumulación de capital jalonada por la globalización. Sanders, al igual que otros economistas, cree que esos acuerdos internacionales han golpeado a la clase media al punto de convertirla en una especie en vía de extinción.

Tuve la oportunidad de estar en el debate demócrata organizado por el Miami-Dade College, una institución pública de educación superior y técnica, para estudiantes de bajos recursos, sobre todo pertenecientes a las minorías. Allá estuvieron Hillary Clinton y Bernie Sanders. Ver el entusiasmo de jovencitos, muchos aún adolescentes, otros apenas arrancando su veintena, que corrían y gritaban por todas partes con pancartas de Sanders, era de verdad conmovedor. Se ha hablado millones de veces de la apatía cínica de la generación del milenio (los que ahora tienen entre 18 y 34 años), de su profundo desinterés por la política, pero este fenómeno empacado en un ser que no pasaría la más mínima prueba del mercadeo político (viejo, torpe, con un fuerte acento de Brooklyn, semejante al de alguien nacido en Europa oriental) ha despertado una pasión y entusiasmo parecidos al generado por Obama en 2008.

Aquí en Miami, que ven todo con el prisma del castrochavismo, Sanders es percibido, por supuesto, como la versión judía, blanca y educada del comandante Chávez. Un lobo vestido con la piel de oveja de un oportunista. “La infección del socialismo es siempre la misma”, le oí decir a un cubano con un desprecio infinito por el candidato demócrata, como si viera en el senador de Vermont las barbas decrépitas de Fidel. Los republicanos también se montan en ese mismo tren, pero no le dedican mucho tiempo por dos razones: primero, porque están muy ocupados en destruirse a ellos mismos con la tormenta Trump y, segundo, porque tienen la certeza de que la elegida será la exsecretaria de Estado.

Lo más probable es que Hillary remate su faena en la elección primaria de Nueva York. Claro que nada es ciento por ciento seguro en estas elecciones locas. Pero sea lo que fuere, Sanders marca el discurso demócrata de aquí en adelante, no por su propia figura, sino porque hay una nueva generación que busca rumbos inéditos, un futuro amable, menos azaroso, sin deudas astronómicas al terminar la universidad o, lo peor, sin perspectiva clara de empleo.

¿Y si gana el socialdemócrata? No podrá ir mucho más lejos de lo que lo hizo el actual presidente. Pero el gran temor de fondo es que Bernie —como lo llaman sus simpatizantes— esté vendiendo humo, un puñado de propuestas irrealizables en un país con un férreo sistema bipartidista, que puede frenar en seco los ímpetus reformistas de este hombre sin duda bien intencionado. ¿Lo sabe él, un viejo zorro con más de 20 años de vida parlamentaria? Tal vez sí, pero quiere ver hasta donde lo lleva este vendaval histórico.

@sergiootalora

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